Una torre del revés

by Marcos Xalabarder

Dedicado a Yoloteotl Coatlicue

Al revés que otras torres de cuentos de caballerías, esta no se elevaba hacia el cielo sino que descendía en dirección al suelo. Partiendo de trescientos metros de altura, la torre se precipitaba hacia la tierra para sumergir en ella sus rocas de granito gigantescas e inexpugnables. No tenía puertas y la única manera de acceder a ella era trepando hasta la cámara más alta.
Sin embargo, esto no era muy difícil. Cualquier jovenzuelo podía alcanzar sus almenas sirviéndose de de las innumerables matas de trenzas que habían quedado colgando con el tiempo y el uso. Además, si no se quería correr riesgos, se podían emplear las escaleras naturales que el curso de los años y el viento habían tallado en la torre.
Era frecuente ver rescatar princesas. De hecho, las jóvenes iban a la torre en sus días libres y llegaban a pelearse por subirse a la cámara y sollozar por un caballero. Por supuesto no tardaban en aparecer los caballeros y rescatarlas. Era una torre muy cotizada.
Nadie se preguntaba que interés podía tener el resto de la torre, además de dificultar los rescates dándoles altura. ¿Quién iba a querer descender por una oscura torre dejando la luz del día a las espaldas? ¿Y por qué, si ya se había conquistado la cámara más alta? Ninguna leyenda prometía tesoros, ni las canciones mencionaban cámaras secretas llenas de misterio, y con tantas visitas nada de valor debía quedar ya dentro.
Además, decían, el que se llegaba al fondo de la torre nunca volvía.
Solo un loco se aventuraría en el interior de una torre sin salida que más bien parece un pozo. Hay que tener, pues, los motivos de un loco. Y apareció un caballero que los tenía. Le pareció muy sospechoso lo de la torre del revés y decidió llegar al fondo del asunto.
Tomó una antorcha delgada y carcomida e inició el descenso por las escaleras. Bajó atravesando innumerables cámaras oscuras, llenas de trastos inútiles que le obstruían el paso. Pero no había ningún peligro. Darse un golpe con una madera era toda la amenaza de la gesta. Cuanto más tiempo pasaba bajando más idiota se sentía. Pensaba: “Oigo todavía las risas de los caballeros y las princesas charlando arriba; está luciendo el sol y desde las almenas hay una preciosa vista. ¿Qué voy a encontrar que nadie haya encontrado antes? Igual no vale la pena.” Ciertamente, bajar por aquella torre desanimaba, porque no hacía ilusión nada. “Al revés por lo menos te esperaba una princesa! Pero de esta manera es como perderlas.”.
Estuvo a punto de abandonar. No tenía sentido nada. No era más que un sótano sin fondo, sin riesgos, sin monstruos, sin guardianes. Nada. Se estaba encerrando más, enterrando en vida, era absurdo. Le estaba dando sentido a un agujero vacío, una tumba. Pero quizá era eso lo que le convertía en loco: dar sentido a las cosas que no lo tenían. Armado con su determinación por llegar al fondo del asunto por fin llegó abajo de todo. Antes de darse cuenta sólo quedaba un último tramo de escaleras, una última puerta y una última llama de antorcha que le permitió ver su rostro reflejado en un enorme espejo. Antes de sumirse de nuevo en la oscuridad total el loco supo que había escapado de la torre.

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