Una historia de escalera

by Marcos Xalabarder

Dedicado a Maria José

La vecina del tercero se parecía sospechosamente a su gato negro. Vestía de manera que no se notara, con sus afilados tacones y un vestido púrpura que la convertía en un ángel de día. Pero de noche su larga mata de cabello negro se abalanzaba sobre sus hombros y le bastaba un ligero movimiento para transformarse en felino. Quienes la conocían de una faceta ignoraban la otra, de suerte que tenía conocidos en ambas caras de la luna. A ella le gustaba cruzar la frontera entre esos dos mundos, llevando a veces consigo un rasgo inquietante de su identidad opuesta.

A la cara luminosa de la luna le llevaba sombras que ponía en sus ojos, y a la cara oscura luces con las que vestía sus manos blancas. “Muy pocos hombres prestan atención a los detalles y sólo un puñado logran cruzar conmigo al otro lado de la luna”, pensaba para sus adentros. Estos pensamientos a veces le parecían oscuros y solitarios. Otras veces la hacían sentir libre y dueña de una secreta tradición femenina.

Como todos los gatos, tenía detractores. Una vecina solía decirle al portero que era una mujer con doble vida y que más les valía a todos vigilarla de cerca. “De día pretende ser una señora y de noche, vaya usted a saber”, le comentaba con cara de malas pulgas cada vez que bajaba la basura. Pero el portero, que no hacía distinciones por su costumbre observadora, cuando escuchaba éstos y otros comentarios se limitaba a sonreír mientras se decía: “Y usted, señora, si de día baja la basura, ¿qué no hará por la noche?”

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