Un claro en el bosque

by Marcos Xalabarder

A Juandi

Era una ardilla que sólo se andaba por las ramas. Todos sus recados los hacía saltando de árbol en árbol. No le gustaba bajar a tierra. “Es peligroso”, decía, “y además desde aquí se ve todo mucho más claro”. Como siempre encontraba fruto entre las ramas de los árboles y el bosque era denso, nunca había tenido que tocar el suelo.

Un día que se alejó mucho de su territorio llegó al borde de un claro y le molestó mucho no poder saltar al otro lado. “Si no voy a donde quiero, ¿no estaré en una jaula?”

Enfadada con ese límite empezó a arrojar semillas al descampado para sembrar árboles que le permitieran pasar al otro lado.

Pero el plan no prosperaba. “No bastará con tirarlas, habrá que bajar a enterrar las semillas”. Por primera vez se dejó caer al suelo. La primera semilla la plantó a un metro del árbol más cercano al claro. Antes de volver sintió el musgo entre sus dedos. La segunda la plantó un poco más lejos, y tuvo que pasar por una alfombra de helechos secos. Con la tercera se llegó hasta la hierba; la cuarta la hundió en el barro; la quinta en tierra dura y a la sexta estuvo frente a la gran piedra. Se subió a ella y miró alrededor.

Veía un círculo de árboles rodeándola, templos vegetales que la proveían de sustento y de protección, todos parados a unos metros de ella, como si la contemplaran. Pensó que nunca había tenido una vista tan bonita de su propia casa, ni su casa había tenido la ocasión de verla tan bien a ella.

Entonces imaginó que una hilera de abetos obstruía esta perspectiva y corrió a desenterrar las semillas para que no se adentraran en su nuevo templo.

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