Trabajo no remunerado
by Marcos Xalabarder
Tengo un amigo que tenía un trabajo no remunerado. Escribía a cambio de nada. En terminos laborales, era un ‘Técnico Emisor de Palabras’. Por desgracia no era un puesto contemplado en la Seguridad Social ni existía una figura concreta que lo representara. Tampoco había gremios ni sindicatos a los que poder unirse por si cualquier cosa. No; era un puesto de trabajo solitario no remunerado. Aunque tenía numerosas ventajas.
Por ejemplo, siempre tenía vacaciones. Como no le pagaban no se sentía obligado tampoco a respetar la jornada y muchas veces hacía campana. Otra ventaja es que nadie le empleaba y nunca podrían despedirle. Era un trabajo fijo no remunerado.
Luego estaba el entorno laboral, que era rico y variado. Tenía toda clase de colegas, la mayoría pluriempleados, porque además de trabajar tenían empleos. La oficina era móvil y sólo necesitaba un lugar donde enchufarla. Era un trabajo móvil no remunerado.
También era un trabajo de cara al público: no se limitaba a escribir palabras, sino que además las enviaba. Le escribía cuentos a la gente que se lo solicitaba. “Tan sólo deme unas cuantas de sus palabras”, les decía, y les devolvía de inmediato una historia corta como si fuera un retrato. La recompensa era enorme cuando le daban las gracias.
Era un trabajo agradecido no remunerado.
Sin embargo desde que empezó en este curro se ha ido quedando sin nada. “Por trabajar más de la cuenta me voy a quedar sin casa”, se decía preocupado. Tuvo que buscar algún medio de ingresar dinero y se ocupó de camarero. ‘Mira que emplear mi tiempo libre en esto’, pensaba al principio. Pero luego se dio cuenta de que el hobby tenía su encanto: cuanto más trataba con la gente más la conocía y luego eso redundaba en el éxito de su producción de palabras. Cada vez fabricaba palabras más buenas y variadas y comenzó a plantearse seriamente la expansión del negocio. “Necesito un socio”.
Pero por más que buscó no encontraba a nadie a quien le atrajera la oferta. “¿Pero cuánto pagan?”, decían siempre. “De acuerdo, pues”, se dijo cansado, “Fundaré una Sociedad Anónima”.
Al principio el negocio marchó bien: producía mucho y conseguía que sus cuentos tuvieran resonancia. Pero el éxito acabó con él. Para hacer frente a la creciente demanda de cuentos y ser riguroso con las entregas dejó de invertir tiempo en conseguir dinero y pronto se quedó en blanco. En un Consejo de urgencia se dijo “Presidente, me temo que tenemos que vender la oficina móvil”.
Por suerte, aunque sin medios, podía seguir trabajando. Encaminó el negocio hacia la importación / exportación: cambiaba cuentos escritos a mano por comida o alojamiento. Fue una época de economía inteligente y de supervivencia.
Un día uno de sus clientes habituales le dijo: “Oye, ¿por qué no los vendes en vez de regalarlos? Podrías pagarte la nómina”. “Lo había pensado”, dijo él, “Pero ¿quién va a querer pagar nada por un cuento?”.
“Tú, por ejemplo. Tú has pagado siempre por tus cuentos”, respondió el amigo antes de volver a su tarea.
Era un trabajo caro no remunerado.
Aquel consejo le llevó a reconvertir la sociedad. Ubicó la actividad de regalar cuentos en una Fundación con el nombre de la Sociedad y dedicó recursos humanos a los concursos literarios y al periodismo.
Ahora mismo está haciendo una inversión en un Mercado de Valores. Le deseo suerte.
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Suerte y GRACIAS.