Sombra de un gato

by Marcos Xalabarder

Era un gato largo como lo era la noche. Donde se terminaba su cola su sombra se estiraba hasta doblar varias esquinas.
Caminaba lento, educado en el sigilo, porque tenía que arrastrar metros y metros de sombra delgada.
Las luces esquivas de la madrugada se la multiplicaba.
Le gustaban los lugares oscuros, dónde su sombra no se distinguía de otra y sus ojos eran faros para algún barco perdido.
Y se quedaba quieto, con la vaga esperanza de que su sombra se durmiera y pudiera despistarla.
Pero con frecuencia el que se dormía era él y soñaba.
Soñaba que su cuerpo recortado en la luz de una ventana era silueta y no sombra,
que era perfectamente negro sobre blanco y no sombrío,
que la cola le pesaba menos y que desde entonces, daría saltos de alegría.

Cuando un gato no quiere a su sombra,
la sombra tampoco quiere al gato.

Cuando despertó el minino ya no tenía sombra. Se había evaporado.
Cruzaba los tejados y las luces de las ventanas no lograba alterar su tamaño.
Más rápido, con menos sigilo, se sintió más libre y más ligero.
Ebrio de contento el gato pegó un salto para pasar de tejado a tejado,
cuando de pronto se vió cayendo por un mal cálculo.
Iba a caer derecho en cuanto viera a su sombra darle la alarma desde el suelo.
Pero esta vez no la encontró por ninguna parte

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