Mañana en el desierto

by Marcos Xalabarder

Dedicado a Teresa

Corría en círculos, descalza sobre la llanura. El sol la bañaba por completo, inundando sus pupilas, abrazando cada rincón de su piel color de canela. Las plantas de sus pies también podían sentir el calor que la tierra almacenaba a medida que la bóveda celeste peregrinaba de este a oeste. Extendía los brazos para capturar incluso las minúsculas briznas de aire que todavía fluían entre los matorrales.

De lejos, su hermano la miraba y pensaba: “Está loca”. Ella, que tenía una atención especial a las vibraciones del pensamiento, se respondió: “Necio, solo estoy agradecida”.

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