Los platos rotos

by Marcos Xalabarder

Érase que no sería, que había un niño que nunca había roto un plato. Por no romper, ni siquiera había roto un zapato. No había nada en el mundo que se quebrara a su paso. Tenía el pelo hacia un lado y la raya perfilaba un camino perfecto y despejado.

Iba con cuidado, como le habían enseñado: “Niño, no hagas esto” “Niño, no hagas lo otro” “Pobre de tí como rompas un plato”. Era tan difícil que el niño se cargara algo que los objetos, envalentonados, se fueron haciendo más y más irrompibles. A veces se comparaba y decía: no puedo romper un jarrón, pero él sí puede romperme la espalda.

De manera que el niño empezó a apartarse de las cosas para que no le tocaran. Primero se apartó de unos muebles de su casa; más tarde se apartó de la fachada; luego fue apartándose de las manzanas de las calles y poco después de las ciudades. ¡Tenía hasta reparos en poner los pies en la calzada!

Un día, cuando andaba hacia atrás para evitar su sombra, pisó un caracol y oyó, nítido, el crujido de su concha.

El niño se quedó paralizado; los dedos como arcos; el corazón abalanzado. ¡Lo había destrozado! Entonces una energía inmensa le recorrió el espinazo y, tras el caracol, todos los caminos se quebraron; luego los ríos y los montes de Venus y las palmadas de los críos y los resoplidos de los burros y una mañana cualquiera todo el universo conocido explosionó en mil pedazos.

El pesar le duró un rato, pero luego siguió caminando. Y se acercó a las ciudades, se acercó a los edificios, se acercó a su casa y dijo mientras entraba:  “A ver, mamá, dime dónde están los platos”.

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