Lanzamiento
by Marcos Xalabarder
Cuando lancé la página supe que me estaba cargando encima una gran presión. Responder con eficacia a las peticiones de los desconocidos, sin importar cuáles ni cómo sean, es un reto.
Lo primero que he experimentado es un molesto bloqueo. Me ha costado escribir las últimas historias y a algunos de vosotros os he hecho esperar demasiado. No ha sido espontáneo.
A ratos me he preguntado si había perdido mi rabia creativa. ¿Rabia? Era acaso una rabieta? Con calma me he respondido que eso no tiene sentido, pues no he atravesado ningún fervor en particular. Simplemente he afinado la mirada. Lo cual me lleva a la segunda posible causa de mi dificultad creativa: la mirada no está limpia.
Me he visto tratando de escribir con la cabeza, no con el corazón como había aprendido. Y eso no es posible cuando manejas palabras ajenas. Primero porque para escribir algo para uno tiene que ser con las propias palabras; segundo porque si quiero devolver algo con sentido debo entrar en el alma de esos regalos.
Quizá esté cansado, quizá sólo sea una advertencia al comienzo, quizá sirva para pararle los pies a mi ego. Sea como sea, decidí escribirme un autocuento:
El hombre que ya no podía escribir
Un escritor que no escribe no es nada. Y a los escritores no les gusta la nada, porque en ella no hay palabras. Bueno, solo hay una pero ni siquiera se pronuncia. Este escritor, que pensaba que la página en blanco no existía, se encontró de pronto con un paquete de cien folios sin abrir.
Sin palabras, ¿qué va a ser de mí?”, se decía compungido. Ya ni siquiera podría cambiar palabras por alimentos.
“Ya no me salen las rimas, ya no siento la magia de las palabras, ya no me siguen las musas, ya no tengo limpia la mirada”, cantaba noche y día el escritor destronado.
Las pocas palabras que le quedaban fueron marchándose una tras otra, agobiadas por el estado de ánimo del creador.
El escritor cayó en una profunda depresión y eso aceleró el proceso. Poco a poco el abecedario se hizo analfabeto.
Un día que el escritor deprimido estaba asomado a la ventana, un pensamiento oscuro emergió. “Ya sólo me queda una palabra: Escritor. Si la dejo caer será como suicidarme, de manera que da igual si me tiro yo o la tiro a ella”.
Y riendo a carcajadas la arrojó por la ventana.
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