La trapecista hipersensible
by Marcos Xalabarder
Dedicado a Rosanna
Cuando de niña se la llevó el Circo, una de las primeras cosas que hizo fue visitar a la Madame Adivina. Encerrada dentro de su vitrina de cristal y comunicada con el exterior exclusivamente a través de una ranura para monedas, la Madame Adivina tenía muchas ganas de que una niña le pidiera un deseo. Por eso, aunque Rosanna no tuviera monedas escuchó atentamente lo que su ánimo pedía.
A la mañana siguiente ya era una niña hipersensible. Todo la emocionaba: el roce de una sábana, la humedad de la mañana, una brizna de hierba entre los dedos, cada paso, cada gesto, cada sonido del universo. Pasó años viviendo en un estado tremendo de exaltación. La hacía muy feliz, pero al mismo tiempo la desesperaba. Como si un rey Midas fuera, no podía tocar nada sin que la removiera en lo más hondo.
Estaba muy cansada. ¿Qué tal un poco de silencio? Pero incluso el silencio la embriagaba y en el Circo todos la conocían por los tumbos que daba.
Se hizo trapecista para atenuar tantos estímulos. El aire ofrecía poca resistencia y los segundos que pasaba suspendida en él eran los más pacíficos del mundo. No tenía miedo al aire, porque la mera idea de navegar durante unos instantes por el espacio la llenaba de gozo, con lo que se convirtió en una extraordinaria trapecista.
Empezó a pasar cada vez más tiempo en el trapecio y menos en el suelo. Tanta sensibilidad le dolía. Ingenió mil excusas para no bajarse nunca. Tuvieron que trasladar el Circo sin desmontar la carpa porque ella insistía en que su próximo número requería mucho entrenamiento. Cada vez la conocían menos. Y al final se olvidaron de ella.
Las funciones continuaban, pero ya ni siquiera anunciaban su número. Ella iba y venía de trapecio en trapecio y el público de vez en cuando creía ver una sombra furtiva cruzar bajo el techo de la carpa. Pero como ya no apuntaban los focos, todo quedaba en nada.
Una noche, desesperada, la trapecista buscó un poco más de silencio. Dió cinco volteretas mortales y todavía tuvo tiempo de un medio giro antes de golpearse duramente contra el suelo. “Este dolor que siento”, pensó, “es por todo el que me he ahorrado”. Y sonrió dulcemente antes de perder el sentido del tiempo.
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