La silueta
by Marcos Xalabarder
Dedicado a Laura
Al llegar el invierno, de él solo restaba una sombra grabada en la pared. Yacía como la huella de un cuadro robado, justo donde su amor imposible acostumbraba a sentarse para ver a Laura trabajar. Era una silueta deleble, húmeda y desconchada, pero todavía reconocible para ella. Y junto a la sombra, reposaba el único óleo, inacabado, que sobrevivía en el taller.
Laura se había deshecho de todas las demás pinturas. No permitiría que ningún color de su paleta le robara la atención que tenía reservada para él. Para su ausencia.
Cada tarde se sentaba frente al cuadro y, con un pincel empapado en pintura negra, perfilaba sin cesar su figura, cada vez más desdibujada a causa de la insistencia. Se limitaba a recorrer la forma, rellenando los contornos de intensa oscuridad y dejando el interior de la tela intacto y tan vacuo como ella. Se conformaba con crear, a su modo, la imagen en negativo de una presencia que era incapaz de llenar.
De tanto en tanto, el atardecer se colaba por la ventana entreabierta e influía en los escasos matices de negro del cuadro. Laura estaba atenta a aquellos brillos tan inesperados como indeseables y los amortiguaba repasando con vehemencia las zonas que todavía eran capaces de reflejar la luz.
Dia tras dia acudía al estudio a practicar su extraña conjura contra la soledad. Todas sus pinceladas eran iguales, y parecían repetir siempre la misma pregunta (tú, por qué, razón, sin ti) seguida de la misma incapacidad para responderla.
Poco a poco, pulgada a pulgada, la silueta blanca iba estrechándose a causa de imperceptibles variaciones en el trazo. La oscuridad ganaba terreno a la ausencia en el cuadro mientras que, al mismo tiempo, la sombra grabada en la pared se resquebrajaba hasta que llegó un momento en que no podía diferenciarse la cabeza con claridad.
Como si de un retrato de Dorian Gray se tratara, la silueta se fue descomponiendo, haciéndose vieja en la forma y en la memoria. El cuadro, a su vez, ya no representaba más que una lánguida forma blanca que insinuaba un fino signo de interrogación.
Un día la blancura del lienzo desapareció bajo una finísima pincelada. Ya no había silueta blanca, ni tampoco modelo reconocible en la pared, pues la humedad lo había desmoronado por completo. El último brillo de la tarde no halló dónde sujetarse y la habitación se sumió en la oscuridad. Laura se pasó la noche contemplando su propio reflejo.
Despertó bien entrada la mañana. Un rayo iluminaba de soslayo el centro del cuadro. Por un momento se agarró en la silla muerta de cansancio. Luego abrio los ojos y se fijó mejor. El rayo era insistente, intenso. Por más que pasaban los minutos no tenía intención de marcharse de allí. De pronto, sintió un impulso y corrió hasta la mesa de trabajo. Bajo una polvorienta tela yacían los tubos de pintura. Agarró instintivamente el blanco y el amarillo y regresó junto al caballete. Con los ojos entornados por una nueva curiosidad dispuso los pigmentos sobre su paleta y hundió el pincel negro en la pasta blanca.
No tardó mucho en descubrir qué era. Bastaron unos firmes trazos blancos que se abrían desde el interior hacia afuera a modo de lecho. Luego imprimió con sus propios dedos algunas marcas anchas con los dedos mojados en pintura amarilla. En el fondo de aquel cuadro había brotado un narciso, el mensajero de la primavera.
Laura abrió las ventanas. El taller necesitaba una mano de pintura y ella tenía ganas de ponerse a trabajar.
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Comments
Gracias, Marcos. Sorprendentemente has sabido captar mis sentimientos sin haber cruzado palabra. Has descrito justo lo que quería que describieras. Me parece alucinante. Muchas gracias por este cuento tan maravilloso. Cuando necesite que me sanen el alma de nuevo, te pediré otro cuento. Gracias. Mil gracias.