La organizadora
by Marcos Xalabarder
Ella era una gran organizadora de felicidades. Lo que le gustaba era organizar las cosas de manera que la Señora Felicidad pudiera salir para darse un alegre y entretenido paseo.
“Si no organizo bien esto la Felicidad podría tropezarse”, y ponía en orden unos comentarios criticones y despachaba uno tono agresivo para despejar el camino.
Otras veces tenía que aplacar rumores y calmar corazones, bajar los niveles de los ríos que andaban muy crecidos, picar mucha piedra para que el paso fuera bueno, desafilar cuchillos, encender chimeneas en invierno, tender carpas de cariño en verano, leer muchos ojos y muchas manos. Todo debía estar preparado para que la Felicidad diera sus pasos.
Entonces sí que podía salir, y salía! La anunciaban las alegrías, las risas de los niños, una mirada sostenida, un leve gesto de consuelo, un darse la mano, un momento de paz entre tanto escándalo. La Felicidad, mejor o peor engalanada, hacía su entrada y todos podían sentirla y acariciarla. A la Felicidad le gusta que la toquen, es muy desinhibida. Y si la ponen cachonda, reparte orgasmos. Es muy agradecida.
Por eso le gustaba tanto a Rosa organizar sus salidas al campo! Además, cuando veía a la Felicidad retozando con los vecinos, la familia, los pasajeros del metro, los de la cola del cine y los de su trabajo, ella en el fondo era quien mejor lo aprovechaba. “Porque sé muy bien lo que cuestan los baños de contento”.
Su mayor deseo era que la Felicidad pudiera salir a pasear más a menudo y, a ser posible, con sus mejores galas (era una Señora elegante la Felicidad). Sabía bien lo que costaba reunir las condiciones para que hacerlo posible. “Hay que luchar mucho para alcanzar este objetivo”, decía como si de pronto militara en un ejército sin armas. Un ejército sólo compuesto por milicia y sin generales, donde cada soldado tenía las manos limpias y abiertas como única herramienta.
Por otro lado Rosa era, sin duda, una organizadora de tierra y muy realista. “Es en el suelo y no en las nubes donde pone los pies la Felicidad”. No se andaba por las ramas y si tenía que cortarlas las cortaba. Era un trabajo titánico, pero si persistía era porque sabía que la Felicidad nunca dormía y que si se la llamaba, venía. Lo único que lamentaba era que ella sola no podía pagarle siempre el pasaje y a veces se decía: siempre hay algo que poner en orden. ¿Quién continuará con mi trabajo?
Suspiraba por encontrar la manera de transmitir su secreto y que los paseos de la Felicidad fueran largos y variados.
Un día que resulta ser hoy sus hijos y amigos le trajeron su postre preferido: un tiramisú. Le gustaba el Tiramisú, porque lo dulce siempre prevalece sobre lo amargo; o donde lo amargo se baña en la dulzura y se vuelve rico y blando.
Resultó que sin saberlo ella estaba todo organizado. La Felicidad estaba llamada y ya se presentaba. Incluso habían convocado a un mensajero que traía un cuento donde la Felicidad decía: “Si no estoy allí es porque me he retrasado. No he querido venir sola esta vez. Gracias a ti los paseos se me hacen largos y puedo salir incluso en los días de viento y tormenta. Gracias a ti puedo decirte que hoy no es sólo felicidad lo que traigo. Hoy ya son felicidades. Muchas Felicidades”.
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