La manta

by Marcos Xalabarder

Dedicado a Lisa

Cubierta completamente por la manta, no paraba de hablar. Hacía mucho frío fuera, estaba segura, aunque hacía horas que tampoco lo comprobaba. Al principio permaneció en silencio. El silencio del calor bajo la manta era tan agradable que cerraba los ojos y dormía profundamente. No necesitaba expresar nada más que su satisfacción, y eso podía hacerlo con una sonrisa.

Al fin dijo: ”Hace calor”. Pronunció las dos palabras en voz alta, pero no fueron muy lejos. Enseguida chocaron con la manta y volvieron a su boca. Eso le dió más calor. Volvió a pronunciar las palabras y esta vez se aseguró de que no volvían a sus labios. En cambio, las palabras se fueron a ocupar un rincón vacío a los pies de la manta. Ahora sentía esas palabras haciéndole cosquillas entre los dedos: “Hace calor” “Calor hace”. Luego sintió la necesidad de añadir ”Mucho” al grupo de palabras, y luego “¡Uf!”, y luego “Que me ahogo” y luego “Necesito aire”.

Al cabo de un rato largo habían tantas palabras bailando bajo la manta que empezó a sentirse realmente incómoda: “O las palabras o yo, pero aquí abajo no cabemos todas”.

La presión se hizo insoportable. Pensó en abrir una brecha por donde todas las palabras pudieran salir, aún a riesgo de permitir la entrada del aire gélido. Le pareció un buen balance: un poco de frío a cambio de liberar la presión de las palabras.

Con el pie izquierdo levantó la base de la manta y una línea de luz fresca vino al encuentro de su cuerpo desnudo. Todas las palabras escaparon sin dudarlo y se quedó de nuevo sola bajo la manta, aunque un poco molesta por la prisa que se dieron en abandonar su nido. “La próxima vez seré yo quien se marche. ¡Y a ver cómo os sienta quedaros solas bajo la manta!”, pensó mientras volvía a sentir el calor vacío del silencio.

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