La luz del ocaso

by Marcos Xalabarder

Dedicado a Andrés

Como una nota prendida del inmenso pentagrama, la niña se da la vuelta para medirse por última vez con la montaña. Y no ve sólo inmensa roca que la observa a pocos metros, ni la cresta pedregosa que levanta su camino hasta donde se pierde la vista. No ve sólo la montaña en cuya falda se mecen sus pies, sino también todas las montañas hermanas que se extienden como una familia sagrada a lo ancho de la inabarcable cadena.
Frente a ella, a un salto cuántico del valle, el sol enrojece los límites de otra sierra. Su luz púrpura avanza rápidamente descubriendo a su paso nuevos matices en la hierba. Debe apresurarse, porque el encanto del color engaña y a las luces postreras les siguen las sombras. Sabe, porque lo ha visto muchas veces, que el sol no se detiene y que la maravilla de su paleta es el último regalo antes de abandonar el planeta.
Sabe que en cuanto el Rey retire su vista la noche se abalanzará sin compasión tomando el relevo a la vigilia. Y los caminos se harán confusos, largos y equívocos. Acaso pierda el norte y el sur se la lleve como prenda. Allá lejos la luz de su casa junto al río es tan escueta que si baja los ojos para sortear un obstáculo quizá no vuelva a encontrarla.
Pero tiene pausa en las piernas. ¿Cómo perderse la escena? Ella misma es una melodía minúscula en medio de la grandeza. Decide quedarse hasta que el último rastro de púrpura se haya ocultado y arriesgarse a escapar sola de la noche que acecha. Si no fuera por ella, ¿quién escucharía la música?

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