La instructora
by Marcos Xalabarder
Era una reina que daba muchas instrucciones. “No son órdenes, cuidado”, solía repetir en las reuniones de palacio, “sólo recomendaciones”. Pero a todos causaba gran alegría seguirlas al pie de la letra con tal de no ver rodar sus cabezas.
La reina tenía, como era natural, un caballero andante a quien colmaba de instrucciones. “Ámame más a la derecha”, le solía susurrar jugueteando con su oreja, “No, un poco más a la izquierda…¡Ahí! ¡Para!” El caballero se daba cuenta de que la reina sentía por él un especial afecto y lo agradecía procurando no saltarse ni una coma. Además, ella había tenido la delicadeza de escribir ochenta rollos de instrucciones exclusivamente para él, que cubrían todos los aspectos de su vida caballeresca. Había instrucciones para asestar sablazos y para salir pitando, para conspirar y para descubrir traidores, para morir de amor, para salvar a una doncella, para matar dragones, para comer, para cagar y para tocarle el clítoris.
“Quiero que mi reinado sea bello, sea hermoso, sea perfecto”, y acto seguido corregía a su caballero en la forma de sacudirse la verga después de orinar. La reina estaba admirada de la entrega de su caballero y quiso corresponderle ayudándole a amarla correctamente. “Primero te hablaré de tus sentimientos”, le dijo un día. “lo tengo todo en la cabeza y será maravilloso, ya verás”.
“Lo ideal sería que no respiraras tanto. Y que tuvieras siempre los labios húmedos, y que no tocaras nunca con los pies el suelo y que tuvieras ése, éste y aquel sentimiento, y que nunca tuviera que darte instrucciones”.
La reina se detuvo en seco. ¿Por qué tenía que darle instrucciones siempre? ¿Es que no podía amarla como ella quería sin necesidad de asistencia permanente? ¿Qué clase de caballero era? Estuvo a punto de perder los nervios y el caballero la cabeza. La reina estaba muy ofendida y afectada y quiso cercenar manos y pies entre su corte. Hasta que al final, desesperada, le dijo: “Está bien, caballero, haz lo que te de la real gana”.
Entonces el caballero, sonriendo, se quitó la armadura que siempre llevaba para soportarla y le echó un polvo sin reglas que la llevó enseguida al orgasmo.
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