La herida abierta

by Marcos Xalabarder

Diablo (así le llamaban aunque fuera humano) era especialmente sádico con su cuerpo. Por ejemplo, le gustaba llevar una herida abierta, de unos 5 centimetros de largo, que se había hecho a sí mismo con un cuchillo hace años. Nunca dejaba que se curara. Volvía a abrirla una y otra vez con cuchillos, cuchillas, cristales o cualquier cosa que cortara.

En una ocasión estuvo a punto de cicatrizar, pero sólo fue un respiro. Cuando más segura estaba la herida de que por fin se cerraría, Diablo la estaba esperando. Se ensañó especialmente con ella, arrancando el trabajo de su piel y musculatura a puntazos, y sellando después algunas zonas con un cigarrillo.

Tenía un arte inigualable para mantener abierta su herida sin que se infectara. A Diablo le hacían gracia los tatuajes. “Eso son heridas muertas”, decía. “Lo mío son heridas vivas”.

Diablo era un tipo duro y cada día se jugaba la vida. “Cuanto más al borde de la muerte te sitúas más se te acerca la vida”, solía decir. Pero hay un momento en que si te inclinas un poco más, la cagas”. De ahí que los bordes sanguinolentos de su herida le recordaran el filo de la navaja sobre la que caminaba.

Algunos consideraban que Diablo era un peligro y estaba al borde de la locura. Pero él siempre les contestaba: “Todo depende de una palabra y de una coma. Si te quedas corto no la alcanzas, pero si te pasas ya no regresas”.

“Por eso mantengo mi herida abierta, para que salga. Porque si la encierro, seguro que me come el alma. “

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