La digestión

by Marcos Xalabarder

Siempre comía un poquito de más. Le gustaba sentir que su estómago trabajaba. Prefería tenerlo siempre a punto, bien entrenado, como un motor perfectamente engrasado. No hay que decir que era un hombre de digestión lenta y que estaba convencido de que así había de ser. Si un día se sorprendía llevándose un disgusto a la boca sabía que había tiempo para hacerlo desaparecer. “Como el agua que lima la roca, mi digestión puede con cualquier cosa”.

Un hombre de buena digestión era también un hombre de grandes apetitos y no le hacía ascos a nada. Una conversación interesante, un enfrentamiento, una tanda de insultos, una buena comedia. Su atención omnívora se interesaba por todo. “Los mejores bocados están donde nadie los espera. Siempre acabo encontrando una flor entre la yerba”.

Sin embargo a veces algo se le atrancaba. Le venían ardores y solía ponerse de muy mal humor para luego quedar traspuesto y sumido en una vaga tristeza. Entonces sólo hallaba consuelo en su guitarra. La colocaba sobre su estómago y con cada acorde que vibraba conseguía minar un poco el dolor de sus entrañas. Pero las indigestiones no pasaban con facilidad y había días en que se planteaba seriamente hacerse vegetariano.

Sufría con estas ideas, porque no quería tener una alimentación a medias o fruto de una prescripción médica. “Tengo que entrenarme más, tengo que entrenarme más”, por nada del mundo quería renunciar a ser un recipiente limpio, sin miedos, sin normas ni condiciones, sin dietas ni límites. Odiaba los límites.

“Un límite es un camino que sólo puede desandarse”, iba pensando para sus adentros. “Quizá yo no tenga límites pero sí los tenga mi estómago. No puedo pedirle a todo mi cuerpo que sea como yo deseo. Mi boca tiene sus gustos y mi digestión sus procesos.

Su deseo era tan grande que ni cinco estómagos podrían gestionarlo. Eso es, en cierto modo, la ausencia de límites: desear tanto que nunca se pueda alcanzarlo, pero siempre se pueda seguir avanzando.
Cuando comprendió esto dejó de comer sin medida y se permitió elegir el alimento. “Que mi lengua disfrute y mi estómago pueda dormir, que yo tengo deseos suficientes para darles alimento cuando despierten de su letargo”.

No hay cuentos relacionados.