La cruz
by Marcos Xalabarder
Bien hundida en la tierra la cruz sostenía un alma moribunda. ‘La sostengo’, decía, ‘porque el alma moribunda quiere volver al suelo, donde siempre ha encontrado el alimento; y yo la ofrezco al cielo, donde podrá beber hasta saciarse del cáliz divino. ¡Tengo muy claro mi propósito!’
Un romano que por ahí pasaba le preguntó a la cruz, no sin cierta sorna: “Sí, claro, te entiendo. ¿Pero por qué necesitas las cuerdas?”
“Las cuerdas son para el cuerpo, que es rebelde, yo ya me entiendo con el alma”, contestaba la cruz y se ponía toda altiva y apretaba la carne contra la madera.
El mismo romano pasó un día más tarde y se sentó junto a la cruz para jugar a los dados. “Cruz, dime”, dijo el romano, “¿cómo sabes que este alma quiere beber del cáliz divino y no la estás obligando?”
“A mí no me vengas con trucos”, le dijo la cruz al romano, “Las almas no van ni vienen si no es por propia voluntad. Ellas saben cómo hacerlo. Es el cuerpo el que se resiste a creerlo”.
“Y no te parece que si el alma fuera tan poderosa podría ocuparse ella misma de su cuerpo y no entregártelo a ti para que lo tortures?”
“Hay muchas almas a las que les da pereza hacerse daño y prefieren que otros les mortifiquen. ¡Ya te dije que tengo una misión muy importante!”
“Pues a mí me parece”, dijo el romano bajando la visera del casco y sacando dos seises con los dados, “Que si le hubieras preguntado al pobre tipo que tienes colgado te habría dicho que lo que quiere su espíritu es bajar aquí y jugar conmigo a los dados”.
“Eso nunca lo sabremos”, dijo la cruz satisfecha, “porque mi cliente acaba de expirar y alzarse hasta lo divino. Y ahora, si no te importa, retira el cadáver que tengo que acompañar a otro”.
El romano se levantó, recogió su espada y se marchó colina abajo murmurando: “¿Sabes qué te digo? Que cada cruz aguante a su muerto”.
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