La belleza del intento
by Marcos Xalabarder
El trayecto está plagado de dificultades. Creemos que hemos subido hasta lo alto de una escalera y, de pronto, aparece la cola de la serpiente y volvemos a caer. Tenemos que levantarnos de nuevo, volver a subir, volver a caer, volver a subir. Pero la belleza está en el intento. Quizá tengamos que jugar mil partidas antes de poder pasar de pantalla -si es que no lo hacemos y resulta que las pantallas se parecen mucho las unas a las otras. Pero volvemos a probar.
Mi camino en la escritura es idéntico al que llevo en mi vida. En cuántos túneles me habré metido. Cuánta incertidumbre de si alcanzaría la altura necesaria para fluir como un torrente con mi palabra. Siempre parezco un escritor en ciernes, en potencia, un diamante en bruto. Parece que no alcance nunca ese lugar donde simplemente me puedo dedicar a hacer lo que mejor sé hacer: escribir.
Y sin embargo, a pesar de que nos encontremos como tantas veces al pie de la misma, desvencijada, escalera, nuestros brazos son un poco más fuertes. A mí a menudo -sobre todo últimamente- me acosan ciertos pesares. Pesares muy duros y densos, que ni todas las experiencias que he tenido ni todos los intentos que he hecho han logrado mitigar. Pues bien, ya no huyo. Los abrazo y me digo: entrenamiento. Serenidad. Viven conmigo y nos vamos a conocer.
Hay personas que deben vivir toda su vida con una enfermedad, o soportando injusticias, o minusvalías que les hacen un poquito más complicada la existencia. Yo tengo mis cargas, y aunque salté mil precipicios para sacudírmelas, no logré más que romperme los huesos contra el fondo del cañón. No debía ser el camino.
Igual con la escritura, tengo tal tormenta y océano y estrellas dentro, que nunca me siento lo bastante maduro para dejarlos salir. Quisiera que mi escritura estuviera a la altura de un contenido tan intenso. Pero, sobre todo, quisiera que mi intento condujera a algún sitio, ahorrarle al lector nihilismos inútiles, inmadurez, ficciones vanas, fantasías infantiles, desiertos.
Entonces yo voy subiendo, intentando de nuevo, incansablemente, para alcanzar esa claridad y honrar mi talento y a quien me lo concedió. No importa el peso, si puedo dar un paso más, porque las piedras que cargo, o las cadenas que intentan sujetarme, se dirigen irremediablemente a su propio juicio y sumisión a la verdad. Sé que suena rimbombante, pero es que la verdad es clara y sencilla y el dolor no lo es. Pero solo uno puede ganar.
Yo pienso estar del lado de los victoriosos. ¿Por qué estoy tan seguro? Porque nunca, jamás, dejaré de intentarlo.
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