La aviadora

by Marcos Xalabarder

Dedicado a Nadia

No le gustaba volar a ras de suelo. Para la aviadora volar era estar por encima de las nubes, transitar un desierto de espumas blancas, materiales perfectos para su mente soñadora. Sentía un disgusto especial cuando se veía obligada a aterrizar.
“Ojalá pudiera estar siempre volando, no tuviera que repostar, ni que firmar permisos de tránsito, ni que esperar en los hangares, ni conversar con los técnicos, ni pasar por casa para ducharme, ni que parar a repostar gasolina. Si pudiera, me compraría un avión que rebotara cuando tocara el suelo, que se alimentara de aire, de estrellas y de algodones, que diera la vuelta al mundo cincuenta veces cada mañana, que pudiera descansar junto a la luna, y que no tuviera asientos ni pasajeros que piden cocacola ni siquiera azafatas, y un amante automático que pudiera desinflar cuando me diera la gana”.
“Todo eso está muy bien”, dijo el avión por megafonía viendo lo que se le venía encima, “Pero es que a mi me gustaría tocar el mar con el tren de aterrizaje, volar junto al AVE, resguardarme en los hangares y beber gasolina hasta dormirme; me gusta sentir a los pasajeros en mis tripas, me gusta sentir cómo duermen, como besan las ventanillas, y luego bajar y que me limpien por dentro de toda la porquería. Si pudiera me gustaría ser coche para ser el más rápido, y competir en alguna carrera; me gustaría que me lavaran con una manguera e ir a los cines al aire libre y pedir una pizza. ¿Podemos llegar a un acuerdo?
“Mira”, le dijo la aviadora por el micro. “No tengo intención de discutir esto contigo. Nuestros intereses son distintos, ¿queda claro?”
“Por supuesto”, respondió el avión mientras atravesaban unos riscos, “por eso es conveniente que nos separemos ahora mismo”. Y acto seguido abrió la portezuela por si la aviadora se decidía a dar el salto.

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