La avalancha

by Marcos Xalabarder

Como avalancha, tenía una idea muy clara de su misión. Si una avalancha no tiene clara su misión en la vida más le vale derretirse, porque sólo tiene una oportunidad para cumplirla.

Fuerza y debilidad eran las energías que la sostenían al pie del abismo durante años. Fuerza contenida y ansiosa por descargarse montaña abajo; debilidad por la fragilidad con que mantenía el equilibrio sobre los riscos, por la humildad de saberse mortal y tener fin.

Escoger bien el motivo de su sacrificio ocupaba la mayor parte de su tiempo de espera: ¿Sería para sepultar la soberbia de algún montañero? ¿Sería para unirse a la danza de una tempestad nocturna? ¿Sería para encarnar el capricho y el azar de la madre Naturaleza?

Pero esta avalancha, en concreto, quería ser memorable. ‘‘Por memorable yo entiendo que lo sean los efectos, no yo como avalancha, ojo’’, se esforzaba en aclarar. ‘‘Sólo deseo encontrar un motivo bello para abalanzarme al abismo’’.

Y es que era una avalancha de bellos propósitos. Pero no se le escapaba algo obvio: que cualquiera que fuese el resultado, antes debía producirse una hecatombe. Su naturaleza destructiva la atormentaba. “¿Cómo voy a ser una avalancha de provecho si no puedo evitar destrozarlo todo a mi paso?”, canturreaba asustada. Y por más que hacía cálculos no veía la proporción al asunto: la balanza de crear / destruir no cuadraba.

Y a causa de esta precaución, a menudo dejaba escapar buenas oportunidades de manifestarse. Como cuando unos alpinistas empezaron a usar explosivos muy dañinos para las rocas, o como cuando la vino a visitar una atractiva y elegante tormenta. Por todo lo cual estuvo años agarrándose a las paredes de la roca para no tirarse. Y eso la fue desgastando y cada vez más le costaba resistirse a los resbalones.

Hasta que al fin llegó un momento en que tuvo que decidir entre dos cosas: o tirarse voluntariamente o que la tirasen un día sin que ella pudiera oponer resistencia.

¿Tú que harías?

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