Historia de una O
by Marcos Xalabarder
Cuando la O empezó a ser O, allá por el punto número uno, no sabía lo que le esperaba. Había sido vagamente informada de que daría una vuelta a algo, y de que se avecinaba un viaje. Pero ignoraba si su viaje sería sano y salvo, o si volvería a casa.
Con la primera curva ya vio que su camino era torcido. ¡Qué distinto habría sido si hubiera seguido recto! ¿Por qué se desviaría? ¿Sería por soberbia? ¿Sería por torpeza? Además que sabía que quien mal anda mal acaba.
Como seguía girando de manera armoniosa y siempre con el mismo ángulo, comenzó a calmarse. Pronto llegaría al eje vertical de su punto de partida. A medio camino ya se encontraba, en esos momentos en los que una letra es según para dónde vaya.

Por un lado quería soltarse, dejar de orbitar como un planeta y encenderse como meteorito para cruzar el firmamento exhalando fuego.
Pero por otro no deseaba perder de vista su casa, su origen, su raíz, su sustento.
Para evitarse disgustos, siguió girando mientras se lo pensaba. Y ya llegaba, y temía el momento en que su viaje terminara, con su padre diciendo: “Ya te dije que esta niña volvería a casa”. Y se veía a si misma tiesa como una espada.

Pero en el último momento, un golpe de gracia. Se dijo a sí misma, “Ahora que ya conozco el camino de vuelta a casa, ¿por qué en vez de terminarme no elijo una vuelta un poco más larga? ¿Qué prisa tengo en quedar terminada?”
Y dicho y hecho, en el último segundo dio un volantazo y la O siguió girando en otro plano. Y desde entonces se dice que por una espiral mal no se anda, porque nunca se acaba.

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