Fuera de la fortaleza
by Marcos Xalabarder
Fuera de la fortaleza era difícil proveerse de alimento. En la fortaleza todos los procesos estaban automatizados y difícilmente su habitante conocería lo que es el hambre. Precisamente a causa de lo robusta y eficiente que era la fortaleza, el habitante no había tenido que ocuparse de nada y sólo muy de tarde en tarde había reprochado algo a su morada. Se había dedicado a cuidarse y a la transformación.
Pero una vez fuera todo cambió. Quizá fue a causa de su ruda salida; quizá fue debido a que la fortaleza agotó sus recursos; quizá tenía algo que ver con la muerte. En cualquier caso el habitante sintió de golpe todas las sensaciones de las que la fortaleza le había protegido. Y supo que tenía un largo camino por delante. Protestó por las buenas, llorando un poco.
La fortaleza seguía cerca, pero ¿cómo volver dentro? Ese pensamiento tuvo que tenerlo el habitante y quizá se trabó en su mente. Se traban todas las preguntas que todavía no han obtenido respuesta. Así que ahora, de golpe, ¿debía preocuparse de todo? ¿Era ese el mensaje? Debía ocuparse de sentir, de tocar, de desear y de necesitar, de avisar, de rogar, de chillar, de dormir y soñar. En unos minutos había pasado de una fortaleza al campo de batalla, y se arrimaba a los muros blandos que le habían contenido implorando protección.
Entonces llegó. Descendió hasta su boca como por arte de magia. Era una agradable forma que apretó entre sus labios. Su lengua también se abalanzó a explorar (ya era un explorador) los sabores. También le habían estado vetados los sabores y los tactos y cualquier olor. Tenía nuevas y poderosas habilidades y comenzaba a darse cuenta. Mordió con ganas el pezón que le ofrecían y con las manos, torpemente, trataba de sostener el seno que le acariciaba el rostro. Para el habitante, ahora el explorador, la posibilidad de HACER resultaba extasiante.
El primer chorro de leche llegó por sorpresa a su garganta y la inundó de una espesa sensación. Sintió por primera vez el alimento brotar de su antiguo refugio y trazar un recorrido nuevo y sorprendente, capaz de atravesar cielos y mares para sumergirse en su boca. Si la fortaleza no le había abandonado, cuando menos le acompañaría en los primeros trechos de su nuevo camino, aliviando su hambre y su sed y apaciguando también su deseo volver adentro.
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