Éxito del Improtext

by Marcos Xalabarder

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Así es. Fue un éxito esta vez. Me quedé sin Ángel pero encontré a Rubén. Su armónica y su guitarra me transportaron a un desierto en el que nunca estuvimos juntos pero que conocemos bien.

Vino más gente y la experiencia gustó a todos. Decían estar hipnotizados por el texto y la música. La verdad es que fluyó, y esto solo es el principio de un largo camino para liberar a la escritura de las limitaciones del diferido.

Es imposible reproducir el ritmo, la sensación de leer y escribir con el aliento de la música, la experiencia en sí. Pero he aquí el texto resultante. Pronto publicaré unas fotos y videos.

Segundo Improtext

Primero, en el silencio, apenas un remolino de aire, revolcando la arena…..

De lejos, quien sabe de qué infinito camino, un sombrero se inclina lvemente, al ritmo, al tiempo de un paso perdido.

No está perdido quien desconoce su camino. Si encuentra detrás de cada paso, su inmediato destino.

Ya la arena va dejando un rastro que el lagarto, con su lengua inquieta, desdibuja para el olvido.

Levedades a las que sólo el desierto tiene derecho.

Y delante, ¿qué hay delante? Una página blanca, tu propio sueño proyectado en el confuso horizonte que el calor de este mismo instante desdibuja.

Esa gota de sudor no debería haberse movido. No dbería resbalarte hasta el cuello, torcer su recorrido para mojar tus labios y recordarte la sed.

¿De qué tienes sed? pregunta el coyote, levantando las orejas y acariciando el suelo de polvo con el ocico.

“Tengo sed de camino en este desierto”, le digo.

El coyote no entiende de sentimentalismos. Ha visto a muchos como tú, creerse dueños de su destino. Sus años de días ardientes y noches frías le han dado la sabiduría que te falta para sobrevivir a la incertidumbre. Es amo y señor del presente. Es tu tótem si lo quieres. Mas si por soberbia piensas que por caminar derecho eres más digno, ay hermano, el desierto enseña incluso a los que no quieren aprender.

Y anque arriba y abajo, de derecha a izquierda, creas que tienes una pista, un lugar en que fijarte para dirigir allí tus inconscientes impulsos… el desierto sigue siendo un círculo y sólo él, te afirmo, te llevará hasta la salida.

Si no quiere, ni siquera esa estación de tren, que como un rugido de vez en cuando despierta, será tu guía en este vacío.

Pero mira, que igual que el ciclo del sol se repite inexhorable, igual que la luna alumbra la noche (la noche que también abunda en espantos), igual que los cactos parecen inmóbiles y, sin embargo, conocen del agua los recorridos. Igual estás tú, repitiendo una vez y otra la misma vida hasta que el cansancio te siente en algún sitio.

Esta no era la soledad que esperaba. No tenía sonido, ni música, ni ojos que leían lo que estás pensando.

La soledad no es nunca lo que esperas. Es lo que encuentras y es tan severa su lección que la muerte que tantas veces viste en los caminos también se presenta justo debajo de la suela de tus zapatos.

Y entonces, en un recodo que no es esquina y largo trecho, en un recodo que solo existe porque tú lo has decidido, te cruzas con ese tipo del sombrero que viene de lejos, y ahora se detiene frente a tí.

En sus ojos, que son tus ojos, los mismos que están leyendo como en un espejo estas líeas, puedes ver que no eres distinto.

¿De dónde vienes?, le preguntas mientras deja caer su mochila al suelo.

No te responde sino con un murmullo, un idioma sólo comprensible para los iniciados en el silencio.

Pero ves que tiene aspecto de haber bajado de aquella montaña, que quizá antes cruzó un valle y que más allá incluso de su propia memoria hbo un océano.

Y más allá quién sabe. No tiene mochila para tanta memoria. Como tú escoge sólo lo imprescindible para seguir andando.

Le sonríes, sois cómplices del infinito…

En el límite improbable del desierto se levantan paredes como diciendo: aquí hay un pueblo.

Y entre las paredes, guardianas de sueños que se protegen del viento, hay hombres y mujeres que decidieron fingir que tienen hogar.

El hogar es una cárcel consentida, las paredes nos ocultan esa noche donde los coyotes aullan y el alacrán traicionero te espera para justificar su agijón.

El hogar te esconde el desconcierto, que reemplazas por un cuadro con un barquito y un pescador inclinado sobre la quilla.

Y aquí dentro, igual que en el interior de tu mente, te sientes seguro. Y no importan las tormentas, los anhelos, el latigazo de alguna pena que no consigue pasar por las grietas del techo.

Te acostumbras a todo con tal de no verte desnudo y tiritando de frío.

Dentro llevaste lo que solo el cielo custodia. Un fuego que crees tener al alcance de la mano y que, sin embargo, no podrás nunca tocar.

Pero basta con mirarlo. Y se te calientan las emociones. Tiemblas, no de frío, sino de puro pensamiento de que se agote y te abandone como el humo de tu cigarro.

Entonces cierras los ojos. No hay desierto, ni cuatro paredes, ni la llama zigzagueante de la chimenea. Solo el silencio, el calor de tu pecho y un recuerdo que emprende su camino desde la coronilla hasta el espinazo, del espinazo saltándote a la piel y erizándote el cabello.

Ahora tú eres el desierto, la llama, la noche y el día.

Solo dormido te das cuenta. Pero qué pronto olvidas.

Impaciente, esperas que todo esto signifique algo. Pero solo eres un humano (a veces ni eso). La hormiga lo tiene más claro.

La etación de tren se cae a pedazos. El banco es peligroso si quieres tumbarte. Una astilla amenaza tu carne y decides permanecer de pie. Te han dicho que es en vano. Que los trenes que pasan, lo hacen de largo.

Pero la línea recta, la perfecta alineación de los raíles, la perspectiva que se dibuja de uno al otro lado, te inspiran confianza de que vaya a alguna parte -o al menos venga.

(en este momento esperas)

(todavía no viene)

(tiempo para tu propia mente)

(tiempo para llenar este espacio y volver a vaciarlo)

Al otro lado de las vías, una cadena de montañas. Eso tienen las montañas, que seguro que si sobre ellas te levantas, descubrirás algo.

¿Qué ocultarán? Te preguntas. Quizá otro inmenso desierto. Quizá otro lagarto y otro coyote que se ría de tus intentos.

Pero basta. Qué haces inquietándote. Si no quieres esperar ponte en marcha. Aquel tipo del sombrero ya lo hizo. No sabes dónde andará, pero seguro que sus pies están dando golpes en el suelo.

Y apenas lo sientes, pero debajo de los tuyos un rumor se desliza entre los dedos. Es el eco de su camino, que ahora está unido al tuyo.

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(solo cuando te quedas quieto, quieto como el lagarto en el camino, quieto como su lengua apuntando la calavera que viste debajo del árbol negro, solo inmóvil el mundo se viene abajo)

He aquí, justo debajo, la línea de tren

La has cruzado.

Y ahora tomas fuerza, y te pones en marcha. Ni tren ni asnos. Ni otros que te digan cuál es la mejor dirección en este lugar.

Ya no importa. Te tienes a tí mismo.

Eres tú.

Esta noche te has detenido. Recogiste unas ramas y prendiste un fuego.

A este ritmo, mañana habrás alcanzado algo que llaman civilización. No es más que un número aun mayor de paredes.

Por suerte vienes de un lugar donde ninguna queda en pie.

Y las paredes que encuentres no son reales. Sabes que en la escala del tiempo sólo son polvo levantado y débilmente sostenido por una imaginación insegura.

Las brasas van desprendiéndose y ves tu rostro cambiante entre los abrazos de cada tronco. Una cabeza de toro te mira desde el fuego. Arriba, en el firmamento, te están guardando.

Pasa la noche con su acostumbrado rito. primero la luna, creciente y magnífica, luce su gigantesco cuerpo de luz reflejada.

Tienes las luces de la noche. La llama y el reflejo, el desierto parece menos solitario.

Luego la luna cumple su rutina. Se acerca a la montaña que le sirve de escape.

Siempre parece más oscuro antes del amanecer.

La bóveda de estrellas te habla si sabes leer. Nadie te enseñó, pero es que no hay que aprender. Por suerte eres ignorante, estás vacío.

No hay pensamiento que pueda interponerse entre tú y el sueño.

Esa nube negra cubre tu cielo, con forma de garra se cierne sobre tu frágil esperanza. Te aferras al fuego que arde para tí, tendiendo su estrecho, minúsculo pero poderoso cerco, para que la palma de tu mano sienta el resguardo en cada línea.

“Mañana llego a la ciudad, al ruido, a la afonía de todas las voces revueltas de las que quise huir”

Hay un viejo sentado en el porche de la primera casa en la frontera que separa el silencio de la gran ciudad. Su silla cruje cada vez que inclina la cabeza para prender su pipa.

Ya no tiene la edad del fugitivo. Ni la ansiedad del que espera. Solo atiende al tabaco que fuma una y otra vez. Quizá en ese humo estén todas sus memorias. Quiza sean tan leves como cada uno de sus alientos. Te sonríe, aunque no te das cuenta porque el viejo tiene esa manera de sonreir por dentro.

“Bienvenido al otro mundo”, te dice con un gesto imperceptible. “El mundo que ha dejado de existir”

Y sí. A medida que te adentras en las callejuelas, la ropa colgada, un barreño de agua arrojándose en la calzada, a medida que ves el polvo desaparecer bajo los adoquines y emprendes la cuesta de la ciudad, vas perdiendo de vista el vacío, la sed, el sonido del fuego al crepitar.

Te cruzas con muchos, pero no te miran y te ven pasar. Es cotidiano. Demasiado amenudo el hombre y la mujer se cruzan aquí.

No te distingues de la farola en la que te has apoyado. Ella es incluso más esbelta y, además, tiene luz. No es la luz de la luna, ni la de la llama. Es una luz con intestinos de plástico y alma de metal.

La ciudad tiene calles y cruces, y los recorres todos una y otra vez. Difícil ser percibido y percibir. Allá lejos, en el desierto, incluso de lejos lo viste venir al hombre del sombrero.

Hoy, en este momento, la multitud no está aquí. Aunque se tropiecen con tu hombro y descuidadamente dejes caer la única piedra que de tu viaje quisiste conservar.

No tienes dinero. Hace falta eso para sobrevivir aquí. Ni agua, ni comida ni un techo que a salvo te haga sentir. Dinero.

Ese artificio que separa al hambre del alimento, la soledad de la compañía, ese intermediario indiferente, que suele ponerse de parte de quien tiene más.

Así que cierras los ojos una vez más. El ruido de los caminones de la basura te golpea.

Tus oidos están casi sordos. Hay demasiado ruido aquí. Si antes buscabas cuatro paredes para no ver el interminable desierto, ahora buscas un lugar desde donde contemplar el cielo por última vez.

Tomas la calle estrecha que se aleja del Paralel. Pasas junto a una iglesia, un monumento al poder.

De pronto te detienes frente a un cristal. Miras el título del lugar: “La Papa”. Decides entrar.

Abres la puerta y oyes una armónica. Hay alguna gente aquí. Una barra con un hombre y una mujer -equilibrio elemental.

Y unos pares (decenas?) de ojos que miran una pared.

“Así que esta es vuestra pared”

Blanca también. Se llena y se vacía una y otra vez.

Alguien la pinta de letras, solo porque alguien más la lee.

Como en aquel desierto, como aquel silencio, la gente está callada también. Cada uno es un trecho de aquel lejano lugar. Algunos bajaron de la montaña, otros mojaron sus pies más de una vez, en el ancho lago.

Y si no hubieron lagos, ni mares, ni recuerdo alguno de haber estado serenamente tumbado bajo la sombra de un bosque. Entonces hubieron charcos, marquesinas, un banco en el parque donde sentarse a leer.

Tomas asiento. No estás entre desconocidos.

La blanca pared se termina una y otra vez. Es efímera y en cualquier momento,

vuelve a caer.

Que alivio. Poder desmoronar todo lo que pusiste aquí alguna vez.

(y ahora que cada uno ponga su ladrillo mientras rescato un poco de agua para calmar la sed)

Este breve paréntesis va a terminar. Se encenderán las luces y el barman pinchará música que nos saque de aquí.

Queda poco tiempo, el justo para recoger de cada línea las palabras que te quieres llevar.

Ojalá no sean muchas, ojalá baste con una, pues las palabras de otro no son para tí.

imrpo1Pero una huella basta para acordarse del tipo aquel del sombrero, del rumor de su zapato reverberando sobre el polvo junto a la estación de tren.

En el desierto hay cactus, cuya cabeza apenas asoma sobre el suelo. pero sus raíces son tan profundas y fuertes que saben encontrar lo que necesitan para vivir.

Ojalá más que una palabra, más que párrafos que levantan muros entre tú y tú, te quedes con el blanco infinito de esta pared

Aquí. Tu pones los puntos y las comas.

Ahora. Tu das los saltos en la línea.

Cambias tu capítulo, cierras tu libro y lo vuelves a abrir.

Y entre libro y libro páginas blancas vuelven a surgir para tí.

Páginas que olvidan, que no secuestran ningun proposito ni intención.

(donde quieras pones tu cursor y lo escucharás latir)

(lentamente abandonas el lugar donde una vez, irrepetible sin duda, alguien tocó su corazón para ti)

(el resto de esta historia es solo para ti)

Ah, y recuerda: cuando veas una vía bajo tus pies. Solo tienes que dar un paso y al otro lado te encontrarás. Que quien fija con hierros tu camino solo quiere verte llegar al final del suyo.

Fin?

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