El pancuento
by Marcos Xalabarder
Dedicado a Os Mandrós
El panadero hacía panes, en todo el sentido plural de la palabra. No tenía por costumbre repetir fórmulas y sus panes eran siempre diferentes. “Lo siento, hoy no tengo de kilo, sólo de cien gramos”, se excusaba a veces con las clientas, que tenían que llevarse diez panecillos de pipas y limón en vez de la barra tradicional. “Panadero, tus panes nunca son iguales”, le decían los del pueblo sin reproche. “Depende de cómo me levante”, respondía.
Era verdad. Según se levantaba por la mañana fabricaba los panes que sentía. Un día eran panes salados, otro dulces, a veces amargos, pero siempre eran extraordinarios. Para el panadero su obra debía tener un significado. “¿Cómo voy a dar de comer panes vacíos?”, decía a quienes no le conocían bien. “En mis panes mezclo la harina con el sueño, el agua con las emociones, la sal con el sentimiento, y todos los horneo con el corazón que tengo. Si no, os estaría tomando el pelo”.
Los panes de olivas solían traer suerte; los panes de cebolla desataban lágrimas estancadas; los panes de romero y pimienta eran contradictorios; los panes de flores eran amorosos y los de patata robustos; los panes de pasas eran expertos y calmos, y los de verduras incómodos pero necesarios.
“No son experimentos”, declaraba cuando recibía la visita de alguna autoridad local, “Solo son tan variables como los sentimientos”.
Los habitantes del pueblo estaban acostumbrados a comer panes distintos. No les importaba llevarse a casa un pan rabioso, porque al día siguiente tenían uno lleno de consuelo. “Este panadero no hace panes, hace pancuentos”, pensaban cuando le daba por vender curruscos con trocitos de manzana. Y si no les apetecía un pancuento siempre podían ir al supermercado.
El panadero era viudo, pero tenía una hija que se llamaba María, a la que quería con la locura que se les consiente a los padres. “La quiero tanto que me la comería”, solía decir. Por suerte todo el mundo entendía que esto era una manera de hablar. Lo cierto era que cuando pensaba en ella sus bollos eran tiernos y dulces, livianos, de corteza sutil y miga abundante. “Ahí dentro está cómodo mi amor por mi niña”. Lo mejor era que cuando amasaba panes pensando en ella todo el pueblo se enamoraba de su hija y por una semana los pretendientes se agolpaban embriagados en la puerta de la panadería.
A causa de su viudedad, el panadero desconfiaba del amor que traían por su hija. “Espera que hagan la digestión y veremos si continúan tan enamorados o fue solo pan de un día”. María, por su parte, se dejaba querer, pero sabía que casi todo el amor que recibía provenía de su padre. De una manera u otra, el amor de su padre era un gran pan que la envolvía y la protegía, pero también la aprisionaba. El panadero siempre le decía que un día fabricaría el pan más grande del mundo, tan grande y tan diverso que podría vivir dentro con su marido. En los baños habría losetas de chapata, en el salón sillones integrales y en el dormitorio una cama de migas blancas.
Pero aunque María quería mucho a su padre, no se sentía muy feliz con la idea. “Preferiría ser la hija de un frutero, porque la fruta es tal y como viene al mundo y se cae cuando le da la gana”.
Había un joven en el pueblo que se llamaba Pablo que nunca comía pan. Solía venir a comprar galletas para su madre, pero era ajeno al alboroto sentimental que provocaba el panadero. Era muy tímido, pero lo más extraño era que siempre aprovechaba los días de pan de María para acercarse con los demás chicos. Se quedaba atrás y nunca cantaba ningún verso.
El panadero se fijaba en él pero sentía aun más desconfianza. “¿Qué querrá ese chico que ni siquiera ha probado el amor que merece mi hija?”. María, en cambio, sentía un alivio tremendo cuando veía asomar sus ojos detrás de los demás jóvenes. Para ella eran un misterio, alguien distinto con quien podría saborear lo desconocido. “Un día sin pan tampoco sería aburrido”, pensaba para sus adentros.
Poco a poco sus miradas fueron encontrándose y aislándose del tumulto. Una mañana, en silencio, decidieron que se escaparían juntos por la noche. Antes de salir, María tomó unas bolsas de migas con huevo que había hecho su padre el día anterior para comer algo durante el camino.
Al día siguiente el pancuento fue amargo y salió duro y seco del horno. “La traté demasiado bien y ahora me abandona”, decía el panadero. “Me ha faltado corteza para retenerla”. Todo el pueblo se hacía eco de su tristeza mientras mascaba mendrugos de pancuento oscuro. Así pasó una semana, hasta que por fin dijo resignado: “Quizá sólo se trate de que quiere su propio pancuento y esté harta de los míos”.
Los chicos, mientras tanto, anduvieron descubriendo caminos y rompiendo secretos, amándose como dos locos y comiendo felices sin pan. “Este es nuestro cuento sin pan”, le susurraba a María un Pablo enamorado. “O un cuento a secas”, le contestaba riendo ella mientras se soltaba la melena. Pero se les acabó el dinero y tuvieron que recurrir a las bolsas de miga con huevo. Pablo le propuso repartirse las migas de la siguiente manera: ella se comería lo primero y él el huevo. Entonces María le hizo una pregunta que hasta entonces no le había hecho nunca: “¿Por qué nunca comes pan? ¿Cómo sabes si te gusta o no si no lo pruebas?”.
Pablo se quedó callado un rato y luego respondió, compungido: “Temo que me guste tanto que sienta que el amor de tu padre es más grande que el mío”.
María sonrió como si hubiera hecho un gran descubrimiento. Lo tomó en sus brazos y le dijo: “El amor de mi padre no es grande ni pequeño, es solo distinto. ¿Acaso me estás pidiendo que elija entre el tuyo y el suyo? Con o sin pan yo quiero a mi padre lo mismo”.
“Yo no quería quitarte el pan tuyo de cada día”, dijo Pablo comprendiendo. “Será mejor que volvamos”. De vuelta fueron pasándose la bolsa de migas con huevo y ambos comieron. El miedo a la reacción del panadero se fue desvaneciendo y ambos sintieron por él un amor sin miramientos.
Cuando llegaron, el padre, lejos de mostrar enfado, les recibió con un delicioso pan de miel y lleno de felicidad les dijo: “Hijos míos, creo que ya entiendo al cura del pueblo cuando dice que al pan pan, y al vino vino”.
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