El trenecito
by Marcos Xalabarder
Esta era una pasajera que no sabía en qué vagón quedarse. Empezó subiendo sus enormes maletas al vagón número 7 pero al cabo de un rato le pareció que podía estar mejor en el 8 y se trasladó. Pasó el trenecito por varios túneles y la pasajera empezó a inquietarse. Quizá no estaba convencida de pasar todo el viaje en ese vagón precisamente. ¿Por qué no iba a estar mejor en otro? Con el precio de su billete había pagado el derecho a buscarse el mejor asiento y estaba decidida a hacerlo. Así que dejó las maletas para tener más libertad de movimiento y fue pasando de vagón en vagón. A veces escogía un asiento y se sentaba. Probaba una postura, probaba otra. Miraba a su alrededor y se preguntaba si iba a estar bien entre aquella selección de gente. Luego pensaba que a lo mejor estaba más cómoda en el de enfrente y le pedía a una señora anciana que le cambiara el sitio por un momento. “No estaré mucho, señora”, le decía. “Lo justo para descartar esta posibilidad, seguro”. Y tenía razón.
El revisor ya la conocía. Le había pedido el billete por lo menos veinte veces hasta que al final se convenció de que era la misma pasajera. La reprendió serenamente: “Señorita, no puede ir cambiando de asiento todo el rato. ¿No le parece molesto trasladar todo el tiempo su equipaje?” Mire señor, decía ella, mi equipaje está por ahí en alguna parte. Pero es que resulta que me gusta pasar los túneles en el vagón número trece, y cuando cruzamos un río me voy al último y cuando nos acercamos a un pueblo me llego hasta el primero. Cuando estoy cansada me retiro al quince y si tengo ganas de charlar hay un hombre en el cuarto, junto a la cafetería, que cuenta su vida. Ya la conozco pero no me importa que me la repita. Ahora mismo tengo dos minutos antes de irme, perdone pero no puedo seguir hablando.
El revisor se quedó pasmado. “Ah, ¿si?”, le dijo. “¿Y dónde piensa ir ahora? ¿Al vagón de las locas?”
“Pues no, mire usted. Más bien me voy a la cabina del maquinista. Porque desde que ha llegado usted no tengo ganas de otra cosa”. Y a los pocos minutos de marcharse la pasajera el trenecito dio un giro brusco a la izquierda.
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