El relojero
by Marcos Xalabarder
Dedicado a Urko
Su noble oficio de relojero le traía últimamente algunos disgustos. Era un mecánico preciso y materialista para quien cada diente de cada rueda tenía una misión exacta que cumplir en un periodo de tiempo concreto. “No hay cálculo infinitesimal que se me escape”, solía decirle a sus clientas más veteranas. “Yo sólo quiero que se me asome el cuco”, le contestaban.
Claro, claro, pensaba el relojero, pero para que el bicho aparezca tienen que suceder antes miles de cosas. Decenas de piezas tienen que danzar con precisión durante una miríada de segundos para que el pajarito de la señora se pronuncie. “¡Nadie entiende que estamos hablando del tiempo!”, murmuraba con el ojo clavado en la lupa y el flexo de luz totalmente encorvado sobre sus pinzas.
Éste era su verdadero caballo de batalla. Para la mayoría de sus clientas los relojes servían para decirles cuándo debían tomarse la pastillita. Pero para él cada reloj era una trampa sabiamente labrada para capturar el tiempo, eterno fugitivo. “Un día le daré caza”, se decía hincando las pinzas en un mecanismo de cuarzo, “y el tiempo será mío”.
Una tarde, justo antes de cerrar, un cliente extraño le trajo algo desconcertante: un reloj de arena. “¿Pero cómo pretende que controle con exactitud la cantidad de granos de arena que caen por el agujero?”, le gritó a su gato cuando el cliente se hubo marchado. “¡Un reloj de arena! ¡Menuda ocurrencia! Evolucionamos para que los relojes sean más precisos y me vienen con esta máquina rudimentaria”.
Pero no se dió por vencido. Desmontó el aparato y contó todos los granos. Eran 13.345.897 granos. Luego los pesó y los clasificó por su densidad y composición mineral en ocho categorías. Su objetivo era distribuirlos en el recipiente de manera que, gracias a la física elemental, cayeran a un ritmo exacto que debía dar como resultado 32 minutos, 15 segundos y 27 décimas. Ni una más ni una menos.
Calculó también las distintas probabilidades de que el cliente girara mal el recipiente y diera al traste con sus previsiones. Pero no consiguió aislar ningún número primo. “Este reloj no lo puede usar cualquiera”, se dijo. “Es más, este reloj sólo puede usarse una vez. Con dos ya no sería exacto”.
Cuando por fin apareció el cliente, el reloj estaba ya perfectamente montado, grano a grano, listo para que un gesto preciso de muñeca lo pusiera en marcha y corriera el tiempo calculado.
“Verá, señor”, le dijo el relojero a su cliente, “tendría que instruirle durante un tiempo para que dé la vuelta como es debido a este reloj. Si no, no puedo garantizar que sea preciso”. Pero, sin inmutarse, el cliente le dió un manotazo al reloj y lo tiró al suelo. La arena se desparramó por las baldosas del taller y el artesano, como un loco, se lanzó al suelo para rescatar algunas décimas de segundo. “¡Pero qué hace, hombre de Dios! ¡Con lo que me ha costado!”
“No importa”, dijo el hombre, “me parece muy bien el esfuerzo que ha puesto en ello y le pagaré en consecuencia, pero ahora prefiero que mi tiempo sea libre”.
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