El reencuentro

by Marcos Xalabarder

Por fin, después de mucho tiempo, la familia se reencontraba. La pequeña María había tenido un viaje difícil y llegaba con las fuerzas justas a la reunión. Le dieron unas palmaditas y la acostaron para que se repusiera. Por respuesta, la recién llegada dio unos alaridos y derramó unas lágrimas de rigor.

La madre hacía rato que esperaba y había sido la primera en llegar. De hecho, estaba perfectamente acomodada desde hacía horas y se había esforzado mucho antes de poder abrirle la puerta a la pequeña María y traerla a esta dimensión. En cierto modo, la madre también había viajado mucho todo este tiempo, aunque sin moverse de su lugar y con transformaciones menos radicales que las de María. María sí que venía de lejos.

En cuanto al padre, fue el último en llegar. Tenía esa costumbre y hasta el final no se reunió con su mujer y su hija. El padre no viajaba, pero estaba. Era una roca y, de alguna manera, ambas habían encontrado el punto de reunión gracias a él.
Los tres estaban emocionados de verse de nuevo, de reconocerse. Se hicieron bromas en sus lenguajes de gestos y rieron mucho. “Tu madre y yo esperábamos esta reunión con impaciencia”, le comentaba el papá a su hija cuando todo el personal sanitario hubo abandonado la sala de partos. La niña asintió. Luego se quedaron mirando los unos a los otros, en silencio. En realidad ya estaba todo dicho. La parte técnica de la reunión había concluido. Ahora se abría una nueva agenda para la nueva familia. La madre, todavía débil por el parto, dijo: “Cada uno tiene su lugar, cada cual su trayecto, pero ya nos hemos encontrado en este mundo y ya sabemos que es cierto, que existen los milagros”.

Un japonés habría dibujado esto de la siguiente manera: El papá sería una montaña escarpada, que atraviesa las nubes y se pierde en la bruma, pero que descansa sobre valles extensos y profundos, llenos de lagos. La mamá sería el camino que desciende la montaña, traza los meandros alrededor de las rocas y se vierte cual cascada en los precipicios, para unirse, mucho más abajo, a los senderos que se reparten por el mundo. Finalmente, el artista japonés dibujaría una mota de tinta en un recodo del camino. Una mota cuyo trazo despeinado sugiere un movimiento lento y seguro de descenso. Ese puntito es un caminante, que es la niña, y que al mismo tiempo es la razón para que el pintor haya dibujado una montaña y un camino en el borde del mundo.

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