El pedestal
by Marcos Xalabarder
Cada noche el sultán le pedía a la reina que subiera al pedestal de oro que había mandado fabricar para ella. Instalado en los jardines del Alcázar, junto al estaque, el pedestal había sido creado siguiendo las estrictas indicaciones y la supervisión del rey. Sus cenefas, finamente trabajadas por los mejores orfebres del país, capturaban todos los reflejos del agua y los iniciaban en una danza de luces y sombras. La luna se complacía en detenerse encima cuando estaba llena y mirarse en él como si de un espejo mágico se tratara. Y en efecto, la luna les parecía a todos más bella cuando la superficie del pedestal estaba vacía y ella podía mirarse.
La reina accedía a las peticiones de su amado esposo con diligencia y nunca preguntaba. Una vez sobre el pedestal de oro, el sultán se dedicaba a mirarla y cada minuto que pasaba él se hacía más pequeño y ella más grande. En esos momentos cualquier ataque o traición sorpresiva habría tenido un éxito inmediato, porque el sultán, aunque guerrero avezado, se debilitaba frente a la contemplación majestuosa de su reina. Algunas noches el tiempo pasaba sin control y el sultán terminaba inclinando la rodilla de puro agotamiento y febril devoción. Desde lo alto la reina contemplaba a su marido sin a penas reconocerlo y, aunque se sentía honrada, la magificencia le pesaba. A veces temía incluso por la vida del sultán, que yacía doblegado a sus pies, y ella misma se saltaba los deseos de su esposo y bajaba. Entonces todo terminaba y marido y mujer se retiraban.
Una noche la reina declinó la invitación del sultán. “Esta noche preferiría no subir a tu pedestal”, le dijo. “¿No podríamos ir a pasear junto al río?”. El sultán se quedó callado, la mirada entornada sobre el camino de piedras. “¿Prefieres subirte a un canto de río que a tu justa morada?”, preguntó sin levantar la cabeza.
“Querido mío”, dijo la sultana acariciando los cabellos de su marido, “mi morada comienza el mis cabellos y termina en mis pies descalzos. El resto son los templos que la naturaleza y el hombre que me ama han puesto para que pueda posarlos”.
“Es muy poético, sí”, dijo el sultán después de meditarlo un rato. “¿Pero no te parece digno mi pedestal en estos momentos?”.
La reina reflexionó unos segundos. El sultán no era fácil de convencer. “Que no quiero subir, majestad”, dijo al fin.
El sultán, que seguía mirando al suelo, mostró la mitad de su espalda a la reina. Un nudo de lágrimas le apretaba la garganta. “Si tus pies no escogen mi pedestal significa que no me quieres. Si me quisieras nunca bajarías de él y podría contemplarte magnífica todos los días. Pero cada vez te subes menos, prefieres las rocas del río, las escaleras de palacio, los caminos del campo, el suelo de los baños, e incluso te he visto saltar sobre la cama. Estoy desolado.”
La reina, que era sabia, tomó al sultán por el brazo y le dijo.
“Querido, hagamos una cosa: súbete tú al pedestal, que es tan bello como tu corazón, y así yo también podré amarte como tu me amas”. El propósito de la esposa era conseguir que el rey se amara a sí mismo.
El sultán la miró a los ojos y sonrió. “Te agradezco el gesto, querida. Pero ese pedestal no lo hice para mí. Está hecho sólo para honrarte”.
La reina comenzó a sentirse muy inquieta. Todas las estratagemas para evitar el pedestal caían una detrás de otra. El sultán no era fácil de convencer.
Finalmente, agotada, la reina se dispuso a subir de nuevo al pedestal. No quería contradecir a su amante esposo, que tenía poderes sobre su cabeza.
Permaneció así toda la noche, de pie, sobre el pedestal dorado. Esta vez el sultán se mandó construir una pequeña tienda de campaña e hizo instalar un cómodo asiento para no desfallecer mientras la miraba. Ahora que sabía que la reina no se complacía en subir, por lo menos no debía permitir que marchara. Por la mañana, la reina estaba casi desfallecida, desmejorada y ojerosa. Sentía calambres en las piernas y resoplaba. Pero el rey también se derrumbaba. Exhausto de tanta contemplación, al fin cayó desmayado. La reina aprovechó para bajar del pedestal y dio órdenes de que pusieran en su lugar una gran roca.
Cuando el sultán despertó lo primero que vio fue el pedestal. Lo enriquecían las primeras luces del alba. La sombra de un ciprés se balanceaba sobre los versículos grabados. Y encima del pedestal se alzaba, estática y gloriosa, inmóvil la cosa que más amaba.
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