El lunar

by Marcos Xalabarder

Dedicado a Ana

El lunar de su mejilla era un estado de ánimo en permanente apogeo. Más aun, era el punto en el que convergía todo su Universo desconocido.

Un punto y aparte, para ser más exactos, a partir del cual se anunciaba una caída vertiginosa. Ahora lo tenía en la piel a una distancia equidistante entre el rabillo del ojo y la comisura de sus perfectos labios. Lo bastante cerca para vigilarlo o saborearlo; lejos, en cambio, para someterlo y controlarlo.

En determinadas épocas el lunar, como azuzado por una extraña sintonía con los ciclos de la noche, mudaba. Ora se desmenuzaba y esparcía diminutas semillas de arena a modo de constelación galáctica; ora se concentraba y crecía hasta llenarse de significado.

La belleza de la mujer, a pesar de los cambios, permanecía intacta. No reducía lo más mínimo la afortunada armonía que las líneas de su piel trenzaban. En todo caso, las exaltaba.

No siempre estuvo ahí el lunar. Fue al despertar de una noche sombría, durante la cual un sueño inquisitivo la había perseguido. Se miró al espejo en busca de huellas de pesadilla y, al girar sucesivamente el rostro esperando ojeras violetas, lo distinguió con claridad diáfana en la mejilla derecha. Lejos de espantarse con la perspectiva de una amenaza, tuvo la sencillez de darse cuenta de que la pesadilla la había hecho más bella.

Desde aquel día el lunar trazó su camino a lo largo y ancho de su cara. A veces amanecía tímidamente recogido junto a la ceja y solo un amante afortunado era capaz de hallarlo cual tesoro gracias a un beso; otras veces se exponía con esplendor justo debajo del párpado, como si quisiera mirar a todo el mundo que la mirara a ella. Indiferente a las modas y las convenciones pasajeras, el lunar proseguía su tránsito iluminando con su escueta sombra las sombras ajenas. Parecía tener, si no ostentar, vida propia y voluntad férrea.

A diferencia de todos los lunares del mundo, este era libre y anduvo recorriéndola entera, desde las sienes hasta los muslos, ocultándose con frecuencia entre sus piernas o asomándose descarado justo donde la nalga empieza. A sus ires y venires se acostumbró y con paciencia fue descubriendo que el lunar escogía fechas precisas, momentos oportunos, para manifestarse de mil maneras y entregar siempre una señal silenciosa a quien la recibiera.

Solo ella, por ser su rostro el firmamento de tan mágico huésped, sabía de su condición mutante y peregrina. Para el resto del mundo era un secreto casi imperceptible su belleza y, por más que la vieran a diario, no se percataban del misterio que viajaba en su piel. Lo único que la mujer ignoraba era el propósito del lunar, el mensaje último que representaban sus ciclos y que, punto por punto, se iba dibujando sólo para su sentir.

Quizá había venido de otro planeta y tendría que marcharse algún día después de cumplida su ceremonia. Ella era una mujer libre y no lo echaría de menos si desapareciera, pero quería saber de sus motivos antes de que ocurriera.

Por eso, aquella mañana de primavera, al ver el lunar saludándola desde la mejilla, en el mismo lugar donde por primera vez apareciera, intuyó que le quedaba poco tiempo con él.

Iba a cumplirse un año desde aquella pesadilla. Le llamó la atención lo preciso de la fecha. Ahora, a punto de caer de sueño rendida, y sabiendo casi con certeza que al despertar no encontraría su lunar ni en el cuello ni en la espalda, ni en los rincones secretos que sólo con los ojos cerrados alcanzaba, quiso honrar y despedirse de su extraordinario compañero.

Lo contempló con el rabillo del ojo, enfurruñó los labios con gracia para atraerlo un poco, acaso besarlo, y entonces se dio cuenta.

De nuevo ante el espejo comprendió que durante todo el año había estado siguiendo al lunar en su viaje por todo su cuerpo, que en él había concentrado su atención y a partir de él descubierto todos los matices de su poderoso atractivo. Era como si el lunar le hablara y dijera: vine a ti para alejarte de las huellas de una mala noche que podría arrastrar a cualquiera. Vine a ti para dibujar el mapa de tu cuerpo y adentrarte en el alma que encierra. Vine a ti para ser el minúsculo faro que, siendo sombra, la luz desvela. Y ahora que te conoces y toda tú eres planeta y universo lleno de estrellas, en tu próximo sueño me desvaneceré como una burbuja llevándome cual agujero negro los últimos restos de tus pesadillas.

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