El gusano
by Marcos Xalabarder
El gusano iba labrando en la tierra un espinazo. Luego un intestino delgado, y a continuación uno grueso, con galerías de hierro, claraboyas de colores y días de lluvia alternados. Luego labró un estómago, donde invitaba a pasar la tarde a los alimentos. Más abajo escarbó unos órganos y más arriba comenzó a preparar el campo. De todo lo que comía, el gusano expulsaba un cuarto, que utilizaba de abono para sembrar el campo. Era un campo bajo tierra, que de la luz sólo conocía lo que le podía contar el agua. Un campo que se alimentaba de lo que sus raíces podían encontrar.
El gusano lo había dispuesto todo para que la semilla llegara al campo. Desde lo más hondo de la tierra, la semilla recorría las galerías y los pasillos, los canales y las zanjas que con esfuerzo había abierto el invertebrado. Poco a poco la semilla llegó a la médula espinal: una avenida neogótica con columnas de cristal. El brillo de los minerales decoraba su camino y millones de leucocitos la vinieron a saludar. Ya veía la semilla a lo lejos, su lecho de algodón, el trono de una reina y un bastón. El trayecto a lo largo de la médula la hizo olvidar de todo lo que dejó atrás. Había llegado donde tenía que llegar. Y tomó asiento en su nuevo hogar. Allí es donde tenía que morir para volver a brotar.
La semilla dio fruto. Un fruto rotundo que trajo consigo un enorme frutal del que se sostuvo hasta madurar. El sol calentaba la fruta. Y dentro de la fruta el gusano quiso comprobar si era posible saltar de la tierra al cielo sin más. Comiendo el dulce manjar se abrió paso y el gusano no necesitó ojos cuando, al asomarse fuera, la luz como un chorro lo vino a buscar.
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