El gato de Chesire

by Marcos Xalabarder

Todo el mundo conocía la vida pública del gato de Cheshire. Le gustaba aparecerse a trozos en las copas de los árboles. Escogía para ello momentos cruciales o cruces de caminos con muchas coincidencias. En particular, le gustaba tener audiencia. Y si ésta era selecta como Alicia o la reina de corazones, tanto mejor.
Nadie escribió nunca sobre a dónde iba el gato de Cheshire cuando desaparecía. Todo el mundo sabía, sin embargo, que su evaporación no era un truco de magia. El gato desaparecía de verdad. Primero la cola, luego las patas, algún bigote, las costillas y, poco a poco, el resto iba detrás. Se complacía mucho en dejar para el final su sonrisa colgada del aire con la intención de aterrar a los espectadores. Pero de lo que no había duda era de que cuando el gato se esfumaba ya no estaba allí más.
En realidad al gato le gustaba manifestarse, ya fuera completo o por fases, porque cuando no lo hacía, no existia. Si no se aparecía ante alguien simplemente no era, no pensaba, no sentía. Peor que un fantasma. Era una inexistencia.
Un día se planteó no volver a desaparecer. No valía la pena dejar de existir en el mundo por hacer una broma. Así lo hizo. Entonces el gato de Cheshire se convirtió en un simple gato en un árbol. Y la gente de los cruces y Alicia y otros señores con sombrero comenzaron a no darle importancia. Cada vez se fijaban menos en el gato pues, al fin y al cabo, es normal que los gatos se suban a los árboles. Luego de él se olvidaron y pasó a ser un gato invisible de carne y hueso.

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