El estudiante

by Marcos Xalabarder

“Ahora vuelvo”, le dijo Ramón a su novia una mañana. Ella le saludó con la mano y se sumió de nuevo en sus lecturas. Sabía que para Ramón un ‘ahora’ podía equivaler a toda la eternidad y no se preocupaba del tiempo que invertía en sus paseos. Pero si Ramón decía que volvía, eso era todo lo que ella necesitaba saber. Como de costumbre, Ramón utilizaba sólo las palabras necesarias.

Salió del pueblo pertrechado con su única pertenencia: una varilla que hacía oscilar de pequeño para encontrar agua. Quería hacer el camino a pie y estudiar con detenimiento cada paso que daba. Se aseguraba de contarlos y darle a cada uno la importancia que tenía. Cada paso era el mundo para él. En realidad, Ramón no hacía planes más allá de los escasos centímetros de suelo que pisaba. Sólo después de cada paso sabía lo que quería hacer. En esta ocasión fueron muchos los que se sucedieron, tantos como para llevarle hasta la capital. Por las razones descritas, Ramón habría ignorado cualquier otro medio de transporte. “La velocidad maltrata los detalles”, habría dicho si hubiera considerado oportuno hablar.

Llegó a la capital después del tiempo necesario para asegurarse de que ningún minuto de su viaje había sido menos importante que el anterior. Allí se matriculó en la Universidad y dedicó cuatro años a las matemáticas puras.

Cuando terminó, volvió a su pueblo. Su novia le esperaba en la casa que compartían. Había preparado la cena. “¿Cómo ha ido mi amor?”, le preguntó mientras le llenaba el vaso de vino. “Bien”, dijo Ramón. “Sólo quería estar seguro de una cosa”.
Ella no le preguntó de qué se trataba, pero aquella noche hicieron el amor como si no existiera mañana y Ramón ya nunca se marchó del pueblo ni de su lado.

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