El estratega
by Marcos Xalabarder
Dedicado a José Sánchez
Como cada atardecer, salió al porche a contemplar el fruto de sus tierras. La luz a esa hora proporcionaba un espectáculo único que jamás se repetía. Los colores del ocaso serpenteaban entre los cultivos y acariciaban las plantaciones como una madre despediría a sus hijos antes de la noche.
Era satisfactorio. El año había sido generoso en lluvias y equilibrado en tormentas. Se requería una afortunada combinación de ambas, unida a un excelente tratamiento y un cuidado exquisito, para lograr una cosecha perfecta de Felicidad, Amor, Ternura y Esperanza.
El Amor no era difícil de levantar, aunque sí era complicado obtener frutos de calidad. Las semillas eran poderosas y brotaban en las peores condiciones. Es más, si se forzaban estas condiciones y se obligaba al Amor a luchar por su subsistencia, éste se hacía más fuerte. En un buen año bastaba un puñado de semillas para que se multiplicara por toda la tierra de forma prodigiosa. No era necesario cultivarlo en largas y ordenadas filas, pues era más apropiado dejar que creciera al arbitrio de la suerte –que otros llamarían destino. Bastaba con lanzarlas al viento frente a los campos y permitir que la sabia Providencia hiciera su distribución. El Amor siempre se abría camino como la vida misma y nutría todo cuanto había a su alrededor.
La Felicidad requería más atención. Era muy voluble y frágil. Una mañana podía amanecer exultante y al mediodía sofocarse, apagándose luego y hundiéndose en la tierra hasta desaparecer. O bien decaía y se hacía blanda y peligrosamente marchita. Sucedía que no se podía saber si una cosecha de Felicidad era buena o mala hasta el mismo momento de su recogida. Por eso se solían combinar las semillas de Felicidad con las de Ternura, que favorecían la circulación de la savia en situaciones adversas.
Eran necesarias excepcionales cualidades de liderazgo y fortaleza para hacerse cargo de una responsabilidad tan grande. Por eso este tipo de cultivos no podía dirigirlos un agricultor sin dotes para la estrategia. Era necesario conocer cada plantación, sus oportunidades y amenazas, practicar durante años antes de emprender la siembra de grandes extensiones. “Estos campos son nuestro futuro”, les repetía siempre a sus hijos el cultivador. “Un día heredaréis esta responsabilidad y por eso debéis cultivaros vosotros primero como os vengo enseñando desde que sois niños”.
El agricultor era, naturalmente, un gran estratega. Conocía los secretos de cada plantación y había combatido sus enemigos con firmeza durante toda su vida. Era consciente de que sus hijos debían prepararse a fondo para hacer frente a una misión tan importante. Por eso se entrenaban cada día en una pequeña huerta que había detrás de la casa y que era donde estaba, precisamente, la flor más frágil y amenazada de todas: la Esperanza.
No solo porque debía plantarse en un jardín controlado y protegido de las inclemencias, sino porque solo se podía plantar un ejemplar al año. Si fructificaba, daba el aroma más exquisito y poderoso de toda la plantación y su perfume convertía en jardines las tierras más secas en decenas de kilómetros a la redonda. Pero a lo largo de su crecimiento sufría innumerables ataques y amenazas. Plagas de Críticas y Juicios que carcomían su tallo; infecciones de Desconfianza que pudrían sus hojas y amenazaban la flor; o depredadores implacables que aguardaban el menor descuido del cultivador para arrancarlas de cuajo. “Aquí, en esta pequeña flor, están puestos todos nuestros anhelos. La menor distracción puede pudrirla y, si muere, el resto de la cosecha quedará gravemente sentenciada. Vigiladla y cuidadla sin descanso y aprenderéis de ella todo lo que necesitáis saber para ser guerreros y no meros campesinos”.
A su hijo mayor, que apenas contaba con diez años, le tocaba hacer la guardia nocturna. Entonces la Esperanza corría los mayores riesgos y, sin embargo, el padre sabía que solo un niño podía cuidarla. “Hijo mío”, le dijo como cada noche antes de irse a la cama, “mantente alerta y, pase lo que pase, no muestres flaqueza. Basta un desliz para que se arruine el trabajo de toda la temporada. Quedan pocas jornadas para que la flor se abra y será la señal para cosechar el fruto de estas tierras que alimentarán a toda la comarca. Recuerda esto como si fuera la única vez que te lo digo: no importa que la ataquen el desánimo ni que aparezca un tornado de pesimismo o caiga un granizo de fatalidades. Lo único que la mantendrá viva una noche más es tu Confianza”.
Y el estratega se fue a dormir con la seguridad de que su hijo cuidaba bien en su interior de esta palabra.
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Comments
Muchas gracias por el cuento, me lleno de esperanza, me encantó, gracias de verdad, se lo leeré a mis hijos.