El elixir

by Marcos Xalabarder

Si era libre podía elegir, o así lo veía ella. Elegir el vestido que mejor combinaba con sus zapatos, elegir la película de los domingos, elegir el tipo de hombre que quería, elegir los sentimientos que tenía.

“Esta me interesa pero la dejo para cuando esté a solas; esta no la quiero ni en pintura; esta a ver si se multiplica; esta otra la dejo en remojo y aquella que venga más a menudo”, se decía la chica cuando barajaba sus emociones.

Sin embargo algunas no venían ni se iban cuando ella quería. No eran tan dóciles la mayoría y solían presentarse de manera inoportuna. Cuando esto ocurría no podía evitar que se desatara otra cadena de emociones desagradables derivadas de la impotencia de no controlar lo que sentía.

Tenía cualidades de maga y supo dónde conseguir elixires a la carta. Se dispuso entonces a establecer un riguroso control de entrada. Para evitarse sorpresas programó la semana. El lunes me sentiré cansada pero contenta al final de la jornada; el martes vibraré con una telaraña; el miércoles subiré hasta el cielo de una volada; el jueves el amor llamará a mi morada; el viernes tendré dudas pero una puesta de sol se las llevará lejos de mis entrañas; el sábado me levantaré con garra, llegaré al mediodía con energía y por la noche reventaré la madrugada; el domingo me recojo y la tarde será plácida.

Era tan efectiva en su planificación emocional que mantuvo a raya lo que no le gustaba. Toda la semana fue perfecta. Sin embargo, algo que ignoraba estaba sucediendo. Las emociones rechazadas comenzaron a agruparse dentro de su organismo. Discutían entre ellas que las habían expulsado y se fueron organizando.

Llegó el domingo y con la batería de elexires todo estaba saliendo perfecto. La joven se levantó de muy buen humor y se dio con gusto la ducha de la mañana. Cantaba una canción que unas provisiones de alegría le iban dictando. Pero al salir de la ducha resbaló y se dio un coscorrón en la cabeza. De pronto se abrió una brecha por donde todas las emociones rechazadas se lanzaron al ataque.

“Me cago en la p…%•%•”))”••&$&•)”, dijo dando alaridos y llevándose las manos a la cabeza. Su cabeza dolorida palpitaba y un ejército de malas vibraciones tomó su cuerpo y su alma. “Hemos tomado la torre de control”, informaba un cabreo galopante al centro de mando. “Tenemos las manos secuestradas”, reportaba el escuadrón de nervios incontrolables. “¡Lancen las granadas!”, ordenó la rabia y en ese instante se volcaron cientos de lágrimas.

La guerra del revés (las emociones salían, no entraban) le duró un rato. Luego la chica se fue calmando. Podía haber solicitado refuerzos, haberse tomado los elixires necesarios, pero estaba dolida porque no había podido evitarlo. “Ya puedo poner toda la atención del mundo, que cuando tocan lágrimas llueve a cántaros”, se decía desconsolada.

La maga estudió el caso, y llegó a la conclusión de que aunque el desencadenante fuera el golpe, las emociones ya estaban dentro y aprovechaban la brecha para salir corriendo. “Entonces la solución es fácil”, dijo la maga reuniendo a todas sus emociones en una asamblea magna. “Si lo único que quieren las lágrimas es salir a flote, abriré los grifos para que se vayan. Pero a cambio quedan prohibidas las conspiraciones y las reuniones secretas”.

Desde entonces la maga se toma sus elixires cuando le da la gana, pero en vez de elegir lo que siente, deja abiertas las puertas de su casa para que entre y salga quien le de la gana.

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