El diccionario mágico

by Marcos Xalabarder

Para muchos niños de su clase la manía de Claudia era típica de una empollona. A Claudia le gustaba leer el diccionario. Pero no era un diccionario cualquiera: era el Diccionario Ilustrísimo Universal de la Real Academia de todos los Diccionarios. Vaya, que era la mejor colección de palabras del mundo.

Aunque el libro era muy grande y pesado, Claudia lo llevaba consigo siempre que podía. Le gustaba aprovechar su tiempo libre para sumergirse en aquel océano de letras. En el patio, en la cafetería, por la noche antes de acostarse, justo después del baño, antes de morder la tostada, cuando iba de excursión, entre salto y salto a la comba.

El caso era que, a pesar de lo que sus compañeros y compañeras pensaban, Claudia no se pasaba horas leyendo ese pesado libro. Un diccionario no se puede leer como un libro. Aunque tiene capítulos (cada letra es uno), un principio (la A) y un final (la X), aunque tiene personajes (todos ya muertos), acontecimientos (hechos históricos) y toda clase de descripciones, no puede considerarse igual que una novela.

Lo que Claudia hacía, más bien, es abrirlo por cualquier página y leer una palabra. Era una pescadora de palabras, si es que se puede inventar esta profesión.

Cuando Claudia pescaba no tenía prisa. Esperaba pacientemente a que picaran. Ella paseaba el anzuelo de su mirada por las páginas, leyendo palabras, a veces sólo grupos de letras, a veces trozos de definiciones, hasta que pasaba. Y lo que pasaba es que una palabra le llamaba la atención más que las demás y la pescaba (todavía no estaba segura si ella era la pescadora o el pescado). Con la palabra ya en sus manos, Claudia cerraba el diccionario y sus ojos se iluminaban para alumbrar mejor cada una de las letras que tenía. Esa palabra era ahora un baúl lleno de tesoros, la punta de un iceberg, la gota que colma el vaso, una inspiración.

En vez de comerlas, Claudia danzaba con las palabras que pescaba. No las memorizaba, como hacían otros niños cuando querían aprender algo, sino que las soltaba al aire y miraba dónde se posaban. Cuando una palabra era muy rara le costaba mucho posarse sobre algo. Por ejemplo, la palabra ‘introvertido’ tardó mucho en caer sobre los cabellos negros de su compañero Carlitos. A otras no les costaba nada posarse y podían hacerlo muchas veces a lo largo del día: “conflicto”, “risa”, “estúpido”. Algunas palabras volaban alrededor de Claudia durante días o meses, jugando con su deseo de entenderlas, hasta que por fin la sorprendían una mañana cayendo del cielo los ansiados “copos de nieve”.

Además, las palabras no dejaban de danzar una vez claudia las había aprendido. Por el contrario, crecían y se transformaban, y la llevaban a otras palabras que la empujaban a nuevas aventuras y descubrimientos.

Naturalmente, esta costumbre hizo que Claudia creciera muy deprisa y se hiciera muy inteligente, pero al contrario de lo que sus profesores y padres pensaban, no se convirtió en una niña aburrida y solitaria. Al contrario, sus amigos la seguían a todas partes porque con ella siempre pasaban cosas. De pronto lo desconocido se hacía conocido y todos los exploradores encontraban a su Livingstone.

Lo que nadie sabía es que el diccionario contenía un buen número de palabras mágicas e iniciáticas. Palabras que una vez puestas en danza se posaban sobre cosas nunca vistas ni experimentadas, sobre misterios nunca revelados que se desvelaban por primera vez. “Sexo”, “Muerte”, “Odio”, “Locura”, “Crisis”. Cuando palabras como estas salían del diccionario en manos de Claudia, no se posaban hasta que ella no estuviera preparada para entenderlas del todo. Entonces sí se posaban y solía representar un montón de cambios en su vida.

Por suerte, Claudia la pescadora de palabras posee una palabra muy bien posada desde hace mucho tiempo. Fue uno de sus primeros trofeos cuando abrió el diccionario por la letra A. “Amor” es la palabra, y suele revolotear alrededor de ella para posarse caprichosamente en todas las cosas que le gustan, como por ejemplo este cuento.

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