El desván

by Marcos Xalabarder

Cuando niña jugaba a esconderse en el desván que había en casa de sus abuelos, nunca la encontraban. Eso la ponía muy contenta, porque demostraba que sabía esconderse; pero también muy triste, porque pasaba mucho tiempo agazapada entre sombras y soledad. A veces veía subir a su abuelo trabajosamente al desván; asomaba la cabeza por la escalera y ella apretaba los puños muy excitada, deseando con todas sus fuerzas que la descubriera. Pero el abuelo solía descartar ese escondite porque le parecía muy extraño que una niña quisiera meterse en un lugar tan oscuro. Lo peor era que cuando volvía a bajar apagaba la lucecita de la escalera, y a ella le parecía que de pronto no sólo su escondite era oscuro, sino también el camino de regreso a la planta baja. Por eso se lo pensaba mucho antes de volver abajo, y había veces que hasta el abuelo se cansaba de buscarla.

Entonces, sólo después de mucho tiempo, la niña se acercaba a la luminosa galería donde su abuelo leía la prensa, con las manos en la espalda y una sonrisa forzada que decía: “¡No me has encontraaaado, abuelo, no me has encontraaaado…!”

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