El cuarto Mandamiento

by Marcos Xalabarder

Dedicado a Inquieta

Como flor de loto que se sostiene en el barro, de igual manera
la inocencia se precipitará en el abismo para llevar la luz donde sólo hay oscuridad.

Su padre era cazador y su madre una santa. De pequeño cantaba en el coro del pueblo para la satisfacción de ella. Cantar con el coro era como zambullirse en el mar. Cuando las corrientes le eran propicias sus viajes sonoros extraviaban su identidad y su voz de niño, mezclada con las demás, era un puente de ecos que aspiraban a la eternidad.

Su madre lo miraba emocionada desde los bancos de la iglesia y movía los labios para acompañar a su angelito rubio de ojos azules en cada sílaba de cada verso. A ella le gustaba cerrar los ojos y perderse en el sueño de estrellas que su hijo hilaba para ella. Bien podía tomarle de la mano, a pesar de la distancia, y mostrarle en silencio el orden de los planetas. El firmamento era un segundo hogar para ellos y la música el caballo blanco que los llevaba a cabalgar.

Pero la vida en la tierra tiene reglas que no se pueden ignorar. Una mañana de domingo, en vez de ir a la Iglesia con su madre, su padre se lo llevó a cazar. Se internaron en el bosque por varios días y el muchacho conoció la sangre animal. Cuando su madre lo vio entrar en casa con el semblante dudoso, portando un tejón muerto colgado de la cintura se puso a llorar. Aquella noche marido y mujer tuvieron una larga discusión. “El espíritu no va a alimentar nuestros cuerpos”, oyó gritar a su padre. Nunca se discutió más, pero al poco tiempo la voz del niño empezó a cambiar y un día dejó de cantar. Mantener a la familia en aquel pueblo alejado era lo principal.

Amaba a sus padres por encima de todas las cosas y en su ansia por complacerlos echaba carreras consigo mismo para darles satisfacción. El inconveniente era que no podía honrarlos por igual. Su padre deseaba para él un brazo fuerte, ganas de triunfar, un corazón noble y las presas más grandes que pudiera atrapar. Temía que un si sólo perseguía conejos se convirtiera en conejo en el momento de la verdad. Su madre, en cambio, añoraba su voz de niño, las manos limpias y un alma sin terrores para atraer la luz del sol. Entre ambos mundos el joven oscilaba sin cesar. Al igual que su madre, detestaba la sangre fuera de su lugar, pero admitía la necesidad. Si el cielo sonríe siempre a los niños buenos, la tierra es más difícil de contentar. Entre ambos mundos existía un abismo de fatalidad y parecía que lo que tomaba de uno, del otro lo tenía que dejar. Poco a poco, el niño se fue tiñendo de leña y de campo y de ciervo en mano y del sudor de trabajar: se hizo un hombre con cabello de tierra y ojos meditabundos que sondeaban la oscuridad.

El bosque que se extendía desde el pueblo era mágico. Un bosque de cuento, podríamos resumir. Existía una ley secreta donde el equilibrio era fundamental: todo cuanto cazaba por el día de noche lo venía a buscar. Cada vez que un cazador mataba una pieza, otra de igual tamaño y fuerza nacía en lo más recóndito de su mente dispuesta a regresar. Agazapado, el animal dormía durante la vigilia hasta que llegaba la noche y salía a rondar por los sueños del cazador. No siempre tomaban la misma forma con la que había vivido. En los sueños los ciervos aullaban, el jabalí era una roca escarpada y los lobos abatidos una jauría de corceles negros que se acercaban al galope hasta despertarlo violentamente, de madrugada.

Su padre había tenido esas pesadillas y ahora su hijo también. Era el precio de ser hombre y matar para vivir en aquel lugar. Su madre lo comprendía todo y le cantaba para ayudarle a dormir. Empleaba voces tan dulces que en el bosque sombrío de sus sueños se abrían claros y un río largo y sinuoso reflejaba la luz. Las bestias callaban para escuchar. No todas las noches un ángel las venía a visitar en su soledad.

En sus sueños se esforzaba por ser fuerte y no temer. Pero todo el valor que tenía en el bosque se desvanecía al anochecer. Contra las sombras intangibles de sus sueños no tenía armas para luchar. A medida que se hizo hombre aprendió a tranquilizar a su mamá y a no gritar cuando las dentelladas de una pantera le hacían levantar. Poco a poco las canciones se fueron alejando más. Primero se apartaron del lecho, más tarde del umbral, y con el tiempo sólo oía a su madre musitar desde la sala de estar. Era el precio de convertirse en hombre en aquel lugar.

Pasó el tiempo y cumplía sus deberes sin rechistar. Empleaba el día para la caza y la noche para purgar. No tenía tiempo ya el muchacho para cantar y lentamente la balanza de la tristeza se comenzó a llenar.

Habían pocas cosas, ciertamente, que le rescataran de su soledad. Amores furtivos, la cocina de mamá (siempre aprovechaba para ponerle en la sopa una nota musical), algunas risas con papá, y sus propios pensamientos cuando los echaba a volar. Uno de ellos debió triunfar, porque un dia trajo de vuelta un pajarillo singular. Era todo fragilidad, azul de cuerpo, el pico rojo y tenía un canto celestial. Siempre se lo acompañaba en el bosque cuando iba a trabajar. A veces incluso en sus sueños aparecía para alumbrar las sombras a donde ya no llegaba su mamá. Cuando la espera entre los matorrales se hacía tediosa, el pájaro siempre tenía un trino que lo arrancaba de la mortalidad.

Una madrugada que salió a cazar el bosque estaba más inquieto de lo normal. Se crispaban los cuervos y las ranas no dejaban de croar. Escopeta en mano, el cazador anduvo hasta la falda de la montaña nevada. Llevaba meses siguiendo las huellas de una furiosa bestia que estaba sembrando el terror entre sus vecinos ganaderos. Caminaba convencido de la necesidad de atraparlo, aunque también sabía que cuando lo hiciera nacería en su mente una pesadilla más.

Su padre lo había preparado bien: prudencia, serenidad y respeto por el rival. Gracias a su entrenamiento, no le costó mucho divisar al animal, un lobo gigantesco con ojos de satán. Apuntó con cuidado pero el disparo salió mal. Tuvo que acercarse más. Curiosamente la bestia no se parecía inmutar. Encaramado a una roca volvió a preparar su arma pero erró otra vez. Aquel animal infernal parecía conocer las balas, las intenciones y todos sus movimientos de cazador. Se movía en el bosque como lo hacían sus pesadillas durante el sueño. Intentó de todo, pero nada de lo que su padre le había enseñado parecía funcionar. Cuanto más empeño e instinto cazador ponía, más esquivo era el lobo que incluso parecía disfrutar. “Quizá me estuve preparando para este momento o quizá sea mi momento final”, pensó el cazador impotente al ver que sus artimañas no daban resultado. Como un fantasma, el lobo gigantesco desaparecía de su vista y volvía asomar, un poco más allá, impidiéndole apuntar. El miedo empezó a cundir en su ánimo y llegó un momento en que no supo si el bosque era real o un sueño más. Meditaba en todo esto cuando, de pronto, el lobo surgió frente a él. En un enfrentamiento cuerpo a cuerpo no tenía la menor posibilidad. Si no era capaz de detener las furias de sus sueños, ¿cómo iba a hacerlo en la realidad? El primer zarpazo le hizo sangrar. La herida abrió paso a un torrente de dolor. La bestia, invencible, se dio la vuelta para asestar el mordisco final. Se tomaba su tiempo el animal, mirándole sereno, incluso con curiosidad. Una pena infinita lo vino a subyugar. Nunca era dueño de sus noches y ahora tampoco de su realidad. Sentía impotencia el cazador, los ojos negros como el carbón, el costado ensangrentado y la esperanza herida. Finalmente el bosque quería cobrar.

Malherido y de rodillas se dispuso a entregarse al animal en justo pago por sus años de caza. Lejos estaba su padre para defenderlo y lejos su madre para consolarlo ante tan triste final. Ni siquiera sentía odio hacia la verdugo que lo iba a sentenciar. Tarde o temprano sus pesadillas lo habrían atrapado igual. Y pensó que si moría ahora todos sus demonios y los de su padre se irían con él.

Pero ya dijimos que el bosque era mágico y que un secreto hilo unía a los árboles con los sueños del cazador. Todo era silencio entre el lobo y él. Ni un gruñido, ni un reproche, todo era resignación. Sólo un murmullo de aire suave pasaba de rama en rama oliendo a mar. Y en aquel momento una dulce melodía comenzó a sonar. Era a penas un susurro musical. En una rama próxima el pequeño pájaro azul de pico rojo se había puesto a cantar. Fiel a sus encuentros en este momento no le podía abandonar. Pensó el cazador por un momento (el pelo rubio, los ojos azules, regresando a la infancia antes de morir) que sería un hermoso final. Arrojó su arma tanto como pudo lejos de sí y se puso a cantar. Se acordó del coro, de su madre junto al lecho y de una canción. De alguna parte, quizá de su misma herida, se levantó la voz del niño que nunca quiso hacer mal y con las manos manchadas de barro y nieve se dejó sentir la sangre, la carne y los huesos de todos sus demonios y les cantó deseando como nunca la paz. Cerró los ojos mientras elevaba la voz más sincera que había tenido jamás. Si el lobo le perdonaba el cuello esperaba poder cantar hasta que dejara de respirar. Por unos instantes en aquel bosque sólo se oyó la voz de un pájaro y el trino de un cazador. Pero nada más ocurrió.

Cuando abrió los ojos, azuzado por el dolor, el lobo sanguinario se había ido ya. En su lugar sólo quedaban las huellas de un malsueño real. Tan sólo la presencia del pájaro y la sangre le indicaba que todo había sucedido de verdad.

Aquella noche, entre dolores y delirios, el niño bueno supo diferenciar lo necesario de lo esencial. Cazar era necesario, pero ser poeta más. Desde entonces, pájaro en mano, dejó a los demás volar. Rescatado de la muerte se dedicó a cantar (pelo rubio o moreno, eso ya daba igual), fue trovador en ese pueblo y en muchos más. Su fama se extendió por varios confines y nunca más él ni sus padres pasaron necesidad.

Puede creer el lector que esto es un cuento para niños. Nada más lejos, sin embargo, de la realidad. Nunca comieron perdices ni todo fue felicidad. Al poeta mucho le quedaba por cazar. Los demonios que le habitaban no se esfumaron sin más. Pero cada verso que atrapaba en la vigilia, de noche lo venía a encontrar. Y fue así como armado de rimas y pertrechado de arpegios, escoltado a veces por un pájaro azul, todas sus pesadillas llegaron un día a zozobrar.

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