Diferencias entre una librería y una biblioteca

by Marcos Xalabarder

No me gustan las librerías. Me agobian. Me siento acosado por los libros. Más que por los libros, por los títulos, las portadas, los formatos. Es como entrar en un bazar donde todos te quieren vender algo, tirándote de la camisa. ‘Aquí, aquí, léeme a mí, soy mejor que este de aquí al lado, soy muy importante, ven, ven!!’

Hay demasiadas palabras, demasiados gritos, ruido. Los buenos libros se confunden irremediablemente entre la multitud, y me resulta muy penoso caminar entre ellos.

En una biblioteca, en cambio, la realidad es muy distinta. Se parece más a un templo habitado por volúmenes seleccionados que te susurran en vez de gritarte. No te buscan, pero te pueden llamar en silencio. Ocurre al revés, que tú deseas encontrar un libro, unas palabras, un fragmento mágico y especial. Te deja espacio, libertad, misterio. Deseas tener tiempo de leértelos todos, desearías que te eligieran a tí, ya que a ellos ya no les importa que les elijas tú.

Un lugar intermedio, a medio camino del templo y del mercado, son las librerías de viejo. Allí los volúmenes ya descansan tranquilos, sin prisa, sin ansiedad, sin grandes propósitos de triunfar. Se mezclan todas las razas, géneros y formatos, unidos por un fin común: perdurar de alguna manera. Ya han vivido y gracias a su experiencia no te excitan ni se excitan, pero pueden depararte sorpresas maravillosas. Con los años, han madurado, han sido leídos y disfrutados o denostados, pero ya no les importa. La sabiduría de la paciencia ha impregnado sus portadas y lector y libro se buscan mútuamente, como los amantes de Rayuela.

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